Por: Roberto Flores Piña
En México, la desigualdad económica sigue siendo un desafío apremiante, según el último Reporte Mundial de Desigualdad. El estudio revela que el 10% de los mexicanos posee ingresos que son 30 veces más altos que el 50% de la población restante, evidenciando una brecha significativa en la distribución de la riqueza. Estas cifras ponen de manifiesto la falta de oportunidades y las dificultades que enfrentan los menos afortunados para crecer en una sociedad donde el clasismo es claramente un problema social muy cotidiano.
Uno de los hallazgos más alarmantes del informe es que los hogares más ricos de México acaparan casi el 60% de la riqueza total del país. Mientras tanto, en los hogares más pobres, se acumulan deudas y se perpetúa un ciclo de desventaja económica. Esto pone de relieve la falta de movilidad social y las barreras que impiden que las personas de bajos ingresos mejoren su situación económica.
Los datos son aún más reveladores cuando se analiza el 1% de los hogares más adinerados en México. Según el reporte, este selecto grupo posee una riqueza promedio de 70 millones de pesos. Esta disparidad en la acumulación de riqueza refuerza las barreras existentes para que los menos privilegiados avancen en la escala socioeconómica, perpetuando un sistema en el que las oportunidades de crecimiento están sesgadas en favor de unos pocos privilegiados.
La falta de oportunidades es un problema arraigado en la sociedad mexicana. La educación de calidad, por ejemplo, es esencial para romper el ciclo de pobreza y mejorar las perspectivas económicas de las personas. Sin embargo, las disparidades en el acceso a una educación adecuada son evidentes, especialmente en las zonas rurales y en comunidades de bajos ingresos. Esto limita las posibilidades de adquirir habilidades necesarias para acceder a empleos bien remunerados. Así mismo la falta de oportunidades laborales y de empleos de calidad empuja a los jóvenes universitarios a refugiarse en el trabajo independiente convirtiéndose en trabajadores autónomos por necesidad, no por decisión. Lo que deja entrever que en la actualidad contar con una carrera a nivel profesional no es garantía de una mejor calidad de vida.
Asimismo, el clasismo es una realidad palpable en la sociedad mexicana. La discriminación basada en la clase socioeconómica no solo tiene implicaciones económicas, sino también sociales y culturales. Las oportunidades laborales, la participación política y el acceso a servicios básicos están condicionados por el estrato social al que se pertenece, lo que perpetúa la desigualdad y dificulta la movilidad ascendente.
Para abordar estos desafíos, es fundamental que los gobiernos implementen políticas públicas que promuevan una distribución más equitativa de la riqueza, así como medidas que fomenten la igualdad de oportunidades para todos los ciudadanos, sin importar su origen socioeconómico y étnico. La inversión en educación de calidad, la creación de empleos dignos y el fortalecimiento de los sistemas de protección social son algunos de los pasos necesarios para reconstruir una sociedad más justa e inclusiva.
CLASISMO: EL IMPACTO DE LA DISCRIMINACIÓN SOCIOECONÓMICA EN MÉXICO
