Por: Roberto Flores Piña
En un país en vías de desarrollo como México, nos enfrentamos a una realidad que choca con los ideales de igualdad y aceptación que tanto se pregonan. Si bien es común escuchar que el físico, la forma de vestir o la riqueza material no definen el valor de una persona en el mundo real, estas apariencias juegan un papel determinante en la forma en que nos relacionamos con los demás, de acuerdo a En una encuesta realizada a jóvenes de diferentes estratos sociales, el 67% de los encuestados afirmó haber experimentado algún tipo de discriminación debido a su apariencia física o condición económica.
La mala distribución de la riqueza en el país es una realidad innegable que se refleja en la marcada brecha entre las clases sociales, de acuerdo con un estudio realizado por la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL) reveló que solo el 1% de la población más rica en México concentra el 21.6% de la riqueza total del país. Aunque en algunos casos las apariencias puedan engañar, la gran mayoría de las veces, aquellos con ropa deteriorada o de menor calidad se convierten en objeto de discriminación por parte de los más afortunados.
Las brechas sociales se manifiestan en todos los aspectos de la vida cotidiana, incluso en el mundo virtual, donde las modas rápidas y tendencias superficiales perpetúan estereotipos y prejuicios. Es importante entender que la pobreza no debería ser tratada como una enfermedad, sino como un problema social en el que ser pobre no implica falta de esfuerzo.
Millones de mexicanos trabajan incansablemente más de 8 horas al día con el objetivo de ganar un salario mínimo que apenas les permite subsistir. Es crucial desterrar la idea de que el estatus social es sinónimo de esfuerzo, ya que en muchos casos, es simplemente una herencia transmitida de generación en generación. Nacer en una familia de escasos recursos puede significar enfrentar mayores dificultades para salir adelante, pero no debe ser motivo de estigmatización.
Una de las consecuencias más preocupantes del clasismo es la falta de oportunidades para los jóvenes que buscan mejorar su situación. Los círculos sociales, en la mayoría de los casos, permanecen cerrados y no dan espacio a nuevas perspectivas. Esto se traduce en un clasismo y discriminación que permea en diversos aspectos de la sociedad mexicana, ya sea en el ámbito laboral, en las relaciones de pareja o simplemente al caminar por la calle.
Es importante destacar que la discriminación no solo ocurre entre personas de diferentes clases sociales, sino incluso entre aquellos que comparten la misma condición de pobreza. Existen niveles dentro de las clases bajas que generan divisiones internas y perpetúan la desigualdad.
Para combatir el clasismo en México, es fundamental fomentar políticas de redistribución de la riqueza, con salarios más dignos y mejores condiciones de trabajo. Es necesario promover políticas públicas que reduzcan la brecha de desigualdad, brindando oportunidades para que todos los ciudadanos puedan acceder a educación de calidad y una vida digna. Además, se debe fomentar la empatía y la sensibilización sobre la realidad de aquellos que viven en situación de vulnerabilidad.
CLASISMO: UNA BRECHA SOCIAL QUE PERSISTE EN LA ACTUALIDAD
