POR: ROBERTO FLORES PIÑA
En las últimas semanas, México ha sido testigo de una serie de actos atroces que han dejado al descubierto una problemática social profundamente arraigada. Los casos de Milagros Montserrat y la trágica ejecución de cinco jóvenes en Lagos de Moreno han conmocionado tanto a la comunidad nacional como internacional. Estos eventos, aunque impactantes, desgraciadamente ya no sorprenden en una nación que parece sumergida en un círculo vicioso de violencia.
Estas historias de horror, que parecen sacadas de una película revelan una realidad lastimada de un país que lucha por escapar de las garras de la violencia cotidiana. A plena luz del día, vidas son arrebatadas, y el impacto de estos acontecimientos resuena como un sombrío eco en una sociedad cansada de la brutalidad que la rodea.
Las cifras presentadas por la Secretaría de Seguridad y Protección Ciudadana (SSPC) son alarmantes: el número de homicidios dolosos en México aumentó un 4,23 % anual durante el primer bimestre de 2023, alcanzando la escalofriante cifra de 4.882 asesinatos, equivalente a un promedio de 83 vidas perdidas cada día. Esta cifra es comparada con los registros del año anterior, subrayando la persistencia de la violencia en el país.
La violencia no conoce fronteras ni distinciones, y parece rebasar los esfuerzos de cualquier gobierno, la problemática ha dado origen a fenómenos lamentables, como la arraigada «narco cultura», que atrapa a jóvenes en un camino peligroso y sin alternativas. La idea ingenua de que todas las personas son inherentemente buenas se desvanece en un mundo real en el que la naturaleza humana también alberga oscuridad. Sin embargo, es posible mitigar estos hechos mediante políticas públicas efectivas que aborden las raíces de la violencia.
El miedo se ha infiltrado en la psique de los mexicanos, permeando tanto a criminales como a agentes del orden. La brutalidad policial se convierte en un flagelo que afecta a las fuerzas de seguridad, es una preocupación constante en la sociedad. La falta de capacitación y la presencia de elementos corruptos dentro de las corporaciones de seguridad han creado una desconfianza profunda entre los ciudadanos y aquellos encargados de protegerlos.
La solución para este ciclo vicioso de violencia en México no es simple ni rápida, pero es imperativo que se tomen medidas concretas. La implementación de políticas públicas integrales, dirigidas a la educación, el empleo y la reforma policial, podría sentar las bases para un cambio duradero. Además, se requiere de una participación activa de la sociedad en conjunto con las autoridades, para construir un país en el que la seguridad y la justicia sean pilares fundamentales.
UN MÉXICO VIOLENTO
