LA DUALIDAD MORAL

En el tejido mismo de la sociedad humana la moralidad se teje como un hilo invisible que en ocasiones se convierte en una máscara que define quiénes somos, qué es correcto y qué es incorrecto. Desde temprana edad el lugar y la época en que nacemos forjan nuestra personalidad y, por ende, nuestra moral. Sin embargo, en la complejidad de las sociedades actuales, se plantean preguntas profundas sobre la verdadera naturaleza de la moral y sus contradicciones.
Las sociedades contemporáneas son diversas y ricas en culturas y tradiciones, lo que da lugar a una amplia gama de ideas y perspectivas que han moldeado nuestra historia. La moralidad nos ofrece un conjunto de principios que nos guían en la toma de decisiones, determinando lo que es correcto e incorrecto. Pero, ¿hasta qué punto estas normas son universales? ¿Existe un bien y un mal absoluto?
La respuesta a estas preguntas parece variar según el contexto geográfico y cultural en el que nos encontremos. Lo que se considera moralmente aceptable en un país puede ser visto como inaceptable en otro. Esta divergencia nos obliga a cuestionar la existencia misma de una moralidad universal y plantea la idea de que la moral es en gran medida relativa.
La complejidad de la moralidad se manifiesta aún más cuando observamos las contradicciones en nuestros propios actos. A menudo, seguimos una doctrina moral que solo aplicamos a nuestra conveniencia personal. Nos consideramos buenos, pero nuestros actos pueden demostrar lo contrario. Esta dualidad moral es una realidad incómoda que enfrentamos en la sociedad actual.
Sin embargo, no todo es relativo. Existen conceptos fundamentales que trascienden las fronteras culturales y geográficas, marcando una línea clara entre el bien y el mal. La violencia, el racismo y la corrupción son ejemplos de comportamientos que hieren las libertades de otros y que en la mayoría de las culturas se consideran inaceptables, pero que al día de hoy se siguen implementando incluso en los países más desarrollados. Estos actos dañinos definen el futuro de algunos en beneficio de unos pocos, dejando en claro que ciertos actos son intrínsecamente malos.
A medida que nuestra sociedad evoluciona y se globaliza, la comprensión de la moralidad se vuelve cada vez más compleja. Las máscaras que usamos para definirnos como buenos o malos a menudo son más tenues de lo que creemos. Sin embargo, esta complejidad no debe llevarnos al nihilismo moral, sino a una reflexión más profunda sobre nuestras acciones y valores. La moralidad puede ser relativa, pero no debemos perder de vista los principios universales que nos recuerdan que en última instancia todos somos responsables de nuestros actos y de cómo afectamos a los demás en esta sociedad tan diversa y compleja en la que vivimos.
Por: Roberto Flores Piña

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