EL ENGAÑO DE LAS DICTADURAS MODERNAS

Las recientes elecciones presidenciales en Venezuela han vuelto a poner de manifiesto cómo los regímenes autoritarios pueden manipular los datos y los procesos democráticos para mantenerse en el poder. El Consejo Nacional Electoral (CNE) declaró a Nicolás Maduro vencedor con el 51.2% de los votos, frente al 44.2% de su principal rival, Edmundo González Urrutia. Sin embargo, estas cifras han sido cuestionadas por la oposición y la comunidad internacional, quienes denuncian una falta de transparencia en el proceso.
Las cifras proporcionadas por el CNE indican una ventaja de casi un millón de votos para Maduro, pero la oposición asegura que solo tiene acceso al 40% de las actas de votación y ha exigido la publicación completa de estos documentos. Sin la posibilidad de verificar estas actas, es imposible confirmar la veracidad de los resultados anunciados, lo que genera una profunda desconfianza en la legitimidad del proceso.
Este no es un problema nuevo en Venezuela. En las elecciones de 2013, después de la muerte de Hugo Chávez, la oposición también alegó fraude cuando Henrique Capriles perdió por un estrecho margen frente a Maduro. Ahora, la historia parece repetirse, con acusaciones de manipulación de resultados y falta de acceso a los datos necesarios para una auditoría independiente. Estos problemas son característicos de los regímenes autoritarios que utilizan el proceso electoral como una herramienta de opresión en lugar de un medio de participación ciudadana.
La comunidad internacional ha expresado su preocupación por la falta de transparencia en las elecciones venezolanas. Países como Estados Unidos, Chile, Colombia y miembros de la Unión Europea han cuestionado la legitimidad de los resultados y han pedido una revisión transparente de los mismos. António Guterres, secretario general de la ONU, ha subrayado la importancia de la transparencia y ha instado a la publicación puntual de los resultados.
En contraste, el presidente mexicano, Andrés Manuel López Obrador, ha adoptado una postura diferente, sugiriendo que esperará el 100% de los resultados antes de reconocer al gobierno electo.  Mientras tanto, el CNE, liderado por Elvis Amoroso, un aliado cercano de Maduro, ha proclamado la victoria sin proporcionar los datos necesarios para una verificación independiente, atribuyendo los retrasos a un supuesto ataque informático sin presentar pruebas.


Los números son poderosos. Pueden legitimar o deslegitimar gobiernos, movilizar a la gente o desanimarla. En Venezuela, los datos se han convertido en un campo de batalla. La oposición afirma que sus conteos reflejan un 70% de los votos para González y un 30% para Maduro, en fuerte contraste con los resultados oficiales. Esta discrepancia masiva en los datos no solo es sospechosa, sino que subraya una verdad fundamental sobre las dictaduras: la manipulación de la información es su arma más eficaz.
Las protestas en las calles de Caracas y en todo el país reflejan una sociedad que se niega a aceptar la manipulación y la mentira. Miles de venezolanos han salido a expresar su rechazo a un proceso que consideran fraudulento. Los cacerolazos y las manifestaciones son la voz de un pueblo que exige transparencia y justicia.
El mundo observa, y es crucial que la comunidad internacional no solo condene las irregularidades, sino que también apoye a los movimientos democráticos dentro de Venezuela. Las sanciones y la presión diplomática son importantes, pero también lo es el apoyo directo a aquellos que luchan por la verdad y la justicia en su país.
Los datos cuantitativos pueden decir mucho, pero en un régimen autoritario, esos números a menudo son solo una ilusión. Las dictaduras modernas saben cómo manipular las cifras para crear una fachada de democracia, mientras socavan los principios fundamentales de participación y transparencia.

Por: Angel Flores

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