LA FALSA MERITOCRACIA

La meritocracia se ha convertido en uno de los mitos más persistentes y peligrosos del pensamiento moderno. Presentada como un principio de justicia, esta noción sugiere que el éxito personal depende únicamente del esfuerzo y el talento de cada individuo. Sin embargo, desde una perspectiva social y filosófica, la meritocracia es, en gran medida, una herramienta ideológica que disfraza la perpetuación de la desigualdad y la exclusión bajo la apariencia de equidad.

La meritocracia, más que un principio organizador de sociedades justas, es una construcción ideológica que sirve para legitimar las jerarquías existentes. Filósofos como Michael Sandel han criticado duramente este concepto, señalando que, en lugar de reducir la desigualdad, la meritocracia tiende a reforzarla, al hacer que el éxito de unos pocos parezca merecido, mientras que los fracasos de la mayoría se presentan como resultado de su propia incapacidad o falta de esfuerzo. En este sentido, la meritocracia funciona como una narrativa que justifica el statu quo y disimula las profundas injusticias estructurales que definen nuestras sociedades.

En México, esta narrativa se desmorona ante las duras cifras de la realidad. Según el Centro de Estudios Espinosa Yglesias (CEEY), solo el 2% de los mexicanos nacidos en los quintiles más bajos de ingresos logran ascender al quintil más alto. Esta cifra deja claro que las oportunidades no están al alcance de todos de manera equitativa, y que los factores estructurales, como el origen socioeconómico y la educación, tienen un peso mucho mayor que cualquier esfuerzo personal. La meritocracia, en este contexto, se revela como una mentira que enmascara la perpetuación de las élites.

La idea de que el esfuerzo individual es la clave del éxito es especialmente problemática cuando se examina desde una perspectiva filosófica. Autores como Pierre Bourdieu han argumentado que el capital cultural, es decir, las disposiciones, conocimientos y actitudes que una persona adquiere en su entorno familiar y social, es un factor determinante en el éxito individual. En otras palabras, el lugar de nacimiento, la clase social y las conexiones familiares cuentan más que el talento o la voluntad personal.

En México, esta realidad es evidente en el sistema educativo. Las cifras del INEE muestran que el 49% de los estudiantes en escuelas públicas provienen de hogares en pobreza, enfrentando enormes desventajas frente a sus pares de instituciones privadas, quienes cuentan con mejores recursos, redes de contactos y posibilidades de movilidad social. Además, la Encuesta Nacional de Egresados (ENE) señala que los estudiantes de universidades públicas tienen 30% menos posibilidades de acceder a empleos en su campo que aquellos que provienen de universidades privadas. En este escenario, el «esfuerzo» individual es insuficiente para romper las barreras impuestas por un sistema que ya está diseñado para excluir a quienes nacen en condiciones desfavorables.

Más allá de ser una simple ilusión, la meritocracia actúa como un mecanismo de exclusión y culpabilización. Desde un punto de vista filosófico, el principio de justicia que subyace en esta idea es defectuoso. John Rawls, uno de los filósofos más influyentes del siglo XX, argumenta en su teoría de la justicia que las desigualdades solo pueden ser justificadas si benefician a los más desfavorecidos. Sin embargo, la meritocracia moderna, al presentar el éxito como resultado exclusivo del mérito, oculta las condiciones sociales que favorecen a unos y limitan a otros. Esta narrativa, lejos de beneficiar a los más vulnerables, los responsabiliza de su propio fracaso, creando un ciclo vicioso de exclusión y desigualdad.

La desigualdad estructural en México es un claro ejemplo de cómo la meritocracia opera para perpetuar la injusticia. Según el Banco Mundial, México es uno de los países de la OCDE con menor movilidad social. Solo el 25% de los hijos de padres sin estudios universitarios logran acceder a la educación superior, y la mayoría de ellos pertenecen a grupos sociales marginados. Este fenómeno es una muestra de cómo la sociedad mexicana está diseñada para mantener la riqueza y el poder en manos de unos pocos, mientras que a la mayoría se le niegan las oportunidades de movilidad, sin importar su esfuerzo personal.

El individualismo radical que subyace en la ideología meritocrática también es objeto de críticas desde una perspectiva filosófica más amplia. Filósofos como Hannah Arendt y Simone de Beauvoir han señalado que las nociones de éxito y fracaso, cuando se reducen a la responsabilidad individual, ignoran el hecho de que los seres humanos existen en un tejido social interdependiente. El énfasis en el «mérito» individual no solo distorsiona esta interdependencia, sino que también refuerza la alienación y el aislamiento, promoviendo una cultura de competitividad desenfrenada que fragmenta la cohesión social.

En el caso de México, esta fragmentación se manifiesta en la profundización de las brechas sociales. Mientras que las élites económicas y políticas se benefician de una narrativa que valida sus privilegios, las clases trabajadoras y marginadas son constantemente sometidas a la presión de un sistema que las culpa por no «merecer» el éxito. Este ciclo, lejos de fortalecer la sociedad, la debilita, erosionando la confianza en las instituciones y fomentando la desafección política.

Para construir una sociedad verdaderamente justa, es necesario superar el mito de la meritocracia. Reconocer que las estructuras de poder y privilegio determinan en gran medida las oportunidades de las personas es el primer paso hacia un cambio real. Políticas públicas que redistribuyan los recursos, garanticen el acceso universal a la educación y promuevan la justicia social son fundamentales para comenzar a desmontar las falsas promesas de la meritocracia.

En última instancia, la idea de la meritocracia es filosóficamente defectuosa y socialmente dañina. En lugar de promover la igualdad de oportunidades, oculta las desigualdades y perpetúa la exclusión. Si queremos construir una sociedad más equitativa, debemos cuestionar las narrativas que nos dicen que todo depende de nuestro esfuerzo, y comenzar a hablar de justicia, redistribución y solidaridad. Solo así podremos avanzar hacia un futuro donde el éxito no dependa de la cuna en la que nacimos, sino de un verdadero acceso igualitario a las oportunidades.

Por: Angel Flores

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