UN ENCUENTRO CON LA MUERTE
Mientras el mundo entero prefiere desviar la mirada de la muerte, los mexicanos optamos por abrirle la puerta, ponerle un plato en la mesa y, por qué no, invitarla a bailar. En cada Día de Muertos, el país entero se convierte en un colorido desfile donde las calaveras sonrientes y las ofrendas repletas de recuerdos y aromas familiares nos recuerdan una verdad profunda y casi desafiante: la muerte no es el final, sino un camino que se recorre con el mismo respeto con el que celebramos la vida.

Al altar llegan aromas de copal, flores de cempasúchil, platos de mole, tamales y el infaltable pan de muerto, que perfuman el ambiente y nos recuerdan que la muerte, para nosotros, no es el final. En esta celebración no hay lugar para el silencio incómodo ni para el temor; en su lugar, el país entero explota en color y tradición. La muerte se viste de fiesta, porque aquí, la despedida no es final, sino un reencuentro. Y si eso no es un acto de rebeldía, entonces ¿qué lo es?
Según datos de la Secretaría de Cultura, cada 2 de noviembre México recibe a más de 7 millones de turistas nacionales e internacionales, atraídos por esta fiesta que, desde 2008, fue reconocida por la UNESCO como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad. En cada rincón del país, la economía y la cultura se alimentan mutuamente: solo en 2022, la celebración del Día de Muertos generó alrededor de 8,000 millones de pesos. Desde las ofrendas familiares hasta los desfiles en ciudades como Ciudad de México, que atrajo a más de 1 millón de espectadores en su desfile anual, la festividad no solo rescata las raíces de un país, sino que también fortalece su economía. Esto es el poder de la memoria, convertido en un motor económico y cultural, una chispa que prende cada año y que, sin pedir permiso, revitaliza a comunidades y mantiene viva una tradición que se niega a morir.
Y es que el Día de Muertos es un acto de resistencia ante una cultura global que teme a la muerte, la esconde y la convierte en tabú. Un estudio del INEGI reporta que el 83% de los mexicanos se siente cómodo hablando de la muerte, en comparación con solo un 45% en Estados Unidos y un 36% en Reino Unido. No tememos decir su nombre, ni hablar de ella, ni recordarla, porque sabemos que es parte de la vida misma. En vez de verla como un fin temido, para los mexicanos, la muerte es un paso más, una puerta que se cruza y que, en noviembre, permite a nuestros muertos regresar por un momento al mundo de los vivos.
Nuestra relación con la muerte no es casualidad ni moda; es la herencia de una historia de miles de años. Desde tiempos prehispánicos, las culturas mexica, maya, purépecha y otras tantas ya entendían que la muerte no es un final, sino una transición. Los mexicas, por ejemplo, creían que los muertos viajaban por nueve niveles del Mictlán antes de descansar en paz. A la cabeza de este inframundo estaba Mictecacíhuatl, la diosa de la muerte, a quien se honraba en rituales y danzas que sobrevivieron incluso a la Conquista. Cuando los españoles llegaron e intentaron imponer el catolicismo, el Día de Muertos ya estaba profundamente arraigado en el alma de los pueblos. Ni siquiera el peso de la espada y la cruz pudo borrar esta visión de la muerte; al contrario, el sincretismo que surgió la hizo aún más fuerte.
¿Y cómo es hoy? El Día de Muertos ha encontrado formas nuevas de expresión que resuenan en el arte, la moda y el cine. Después de películas como Coco de Disney-Pixar, que recaudó más de 800 millones de dólares y fue vista en todo el mundo, la festividad se ha convertido en un símbolo de identidad mexicana ante el mundo. Pero no es solo un fenómeno de exportación; en México, esta celebración significa también trabajo, vida y memoria. Los artesanos, que fabrican miles de catrinas, calaveras de azúcar y papel picado, encuentran en esta fecha una de las épocas más importantes del año para sus ventas. Para los pueblos originarios y las comunidades locales, que año con año organizan altares, eventos y ceremonias, esta festividad representa una oportunidad económica y cultural que les permite sostener sus tradiciones.
Y, en medio de todo esto, el mensaje es claro: en México, la muerte no es oscura ni temible. Es una celebración de la vida que fue, y de la que sigue siendo. Cuando colocamos las fotos de nuestros seres queridos en el altar, cuando encendemos una vela para guiarlos, estamos declarando que no se han ido por completo. Y no, no es un acto de negación; es, más bien, un acto de rebeldía frente a una realidad inevitable, transformada en algo hermoso. Porque en un mundo donde el miedo a la muerte se convierte en miedo a vivir, nosotros elegimos celebrar. Preferimos el aroma de cempasúchil, el sabor del mole y la risa con la que adornamos a las calaveras, como una forma de decirle al mundo: estamos aquí, y no nos asusta lo que venga después.
Es este espíritu el que convierte el Día de Muertos en algo profundamente humano y, al mismo tiempo, radical. Porque, ¿qué es más radical que recordar a los que ya no están y hacerlo con alegría? ¿Qué hay más subversivo que, en vez de temer la muerte, invitarla a la fiesta? En cada ofrenda hay un acto de amor y una sonrisa desafiante; en cada calavera pintada, una rebelión ante la idea de que la muerte nos separa. Así que, sí, celebramos, y lo hacemos con orgullo. Porque en México, la muerte es una amiga antigua, una que no se lleva nuestra esencia, sino que la mantiene viva año tras año.
Aquí, cada noviembre, la muerte nos recuerda que estamos vivos. Nos invita a abrazar la vida con la misma intensidad con la que la despedimos, sabiendo que algún día, en algún altar futuro, alguien pondrá una vela y una flor para nosotros. Y cuando llegue ese día, que nos recuerden así: con amor, con risas, y con esa chispa irreverente que convierte el miedo en una celebración eterna.
Por: Angel Flores
