En los últimos años, los autos eléctricos han ganado protagonismo como una alternativa «verde» frente a los motores de combustión interna. Sin embargo, detrás de su imagen amigable con el medio ambiente, surgen dudas sobre su verdadera sostenibilidad. ¿Son realmente la solución que necesitamos o un producto más del consumismo y la mercadotecnia?
No cabe duda de que los autos eléctricos reducen las emisiones directas de dióxido de carbono (CO2) al no utilizar combustibles fósiles. Según la Agencia Internacional de Energía (IEA), un vehículo eléctrico promedio emite un 50% menos de gases de efecto invernadero a lo largo de su vida útil en comparación con un auto a gasolina, siempre que la electricidad provenga de fuentes renovables.
En zonas urbanas, esto se traduce en una mejora inmediata de la calidad del aire. Por ejemplo, un estudio del Consejo Internacional de Transporte Limpio reveló que sustituir el 20% de los vehículos de combustión en una ciudad mediana podría reducir en un 30% los niveles de partículas finas, las cuales están vinculadas a enfermedades respiratorias.
El costo ambiental de la fabricación
Sin embargo, el panorama cambia al analizar el impacto ambiental de la fabricación de los autos eléctricos, en especial de sus baterías. La producción de una batería de iones de litio genera entre 70 y 110 kg de CO2 por kWh de capacidad. Esto significa que un vehículo eléctrico con una batería de 60 kWh podría emitir más de 4 toneladas de CO2 incluso antes de ser conducido.
Además, la extracción de litio, cobalto y níquel, materiales esenciales para estas baterías, implica daños considerables al medio ambiente. En Chile, principal productor de litio, la minería consume hasta 500 mil litros de agua por tonelada extraída, afectando los ecosistemas y las comunidades locales.
El impacto ambiental de los autos eléctricos depende en gran medida de cómo se genera la electricidad. En México, donde el 69% de la electricidad proviene de fuentes no renovables, los beneficios son limitados. Un estudio del Instituto de Recursos Mundiales (WRI) concluyó que, en regiones con alta dependencia de combustibles fósiles, los autos eléctricos pueden emitir más gases de efecto invernadero a lo largo de su vida útil que los autos híbridos.
A esto se suma la estrategia de obsolescencia programada. Las baterías suelen tener una vida útil de 8 a 10 años, tras lo cual el costo de reemplazo puede superar los $150,000 pesos, lo que impulsa al consumidor a adquirir un nuevo vehículo. Este modelo no solo fomenta el consumismo, sino que incrementa los desechos electrónicos, un problema que crece a un ritmo del 21% anual según la ONU.
Una alternativa sostenible
Si bien los autos eléctricos son un avance tecnológico importante, no deben verse como una solución única. Otras estrategias, como electrificar el transporte público, fomentar el uso de bicicletas y scooters eléctricos, y rediseñar las ciudades para reducir la dependencia del automóvil, ofrecen un enfoque más integral.
Los autos eléctricos representan un paso necesario, pero insuficiente, hacia un futuro sostenible. Su impacto positivo depende de la transición hacia energías limpias y una economía circular que minimice el desperdicio. De lo contrario, podríamos estar ante otra ilusión de mercado disfrazada de progreso.
Es hora de repensar nuestra relación con la movilidad, no solo para reducir las emisiones, sino también para construir un modelo verdaderamente sostenible y equitativo.
Por: Angel Flores
