EL VERDADERO AMOR NO SE AMARRA

Los amarres y el apego obsesivo

El 14 de febrero es una fecha que, para muchos, simboliza una oportunidad para celebrar el amor, ese sentimiento tan profundo y vital que nos conecta con otros seres humanos. Este día está marcado por gestos de cariño, flores, chocolates y promesas de afecto eterno. Sin embargo, en medio de la euforia de este día de celebración, hay prácticas que merecen una reflexión crítica: los llamados “amarres de pareja” y, quizás más insidiosa, la obsesión que se disfraza de amor en algunas relaciones.

Los amarres de pareja, rituales que prometen atar a dos personas en un vínculo emocional inquebrantable, no son más que una ilusión de control. Estos hechizos, que buscan manipular la voluntad de otra persona para que se enamore o permanezca atada a una relación, no solo son una manifestación de desconfianza, sino también de egoísmo. La esencia del amor no reside en forzar el afecto ni en someter a alguien a nuestra voluntad. Más bien, el amor genuino se construye sobre una base sólida de respeto mutuo, libertad y crecimiento compartido.

Lo que a menudo pasa desapercibido en este afán por amarrar a otro a nuestra vida es la desconexión con el verdadero concepto del amor. Si el amor se mide por lo que podemos controlar, ¿realmente podemos hablar de amor? El control no es amor, es dependencia. Y en esta dependencia, surgen las sombras del apego obsesivo, un fenómeno mucho más común y destructivo de lo que la gente podría imaginar.

El apego obsesivo, aunque no relacionado con la brujería ni con rituales mágicos, es un fenómeno psicológico que se extiende en muchas relaciones actuales. Este apego no es más que una forma de dependencia emocional que se disfraza de amor. La necesidad constante de controlar los pensamientos, acciones y afectos del otro no solo ahoga la relación, sino que la convierte en una cárcel para ambos. Quien sufre de apego obsesivo no está buscando la felicidad compartida, sino la validación constante, lo cual destruye el equilibrio de cualquier vínculo afectivo.

Algunas veces, esta forma de apego se confunde con amor, pero la diferencia es evidente: el amor sano respeta la autonomía del otro, mientras que el apego obsesivo la aniquila. Es más, en muchos casos, el miedo a la soledad o la inseguridad personal impulsa a muchas personas a recurrir a estas dinámicas destructivas, buscando aferrarse a alguien, aunque esto implique manipular sus emociones o restringir su libertad. Lo que muchos no comprenden es que esta obsesión por controlar a otro ser humano no solo es dañina para la relación, sino que, eventualmente, deja a ambas personas atrapadas en un ciclo tóxico de sufrimiento.

En este Día del Amor y la Amistad, más allá de los regalos y las celebraciones, es crucial realizar una introspección sobre lo que verdaderamente significa amar. No se trata de amar para que alguien nos pertenezca, ni de buscar ampararnos en hechizos para aferrarnos a lo que creemos que necesitamos. El amor verdadero es libre, no impone ni exige. Es un espacio en el que dos personas eligen estar juntas, sin temor a perderse, sino con la certeza de que lo que comparten es genuino y basado en la confianza y el respeto.

Es necesario que este 14 de febrero reflexionemos sobre las prácticas que, aunque a veces parecen inofensivas, pueden llevarnos a relaciones poco saludables. Los amarres no son más que una forma de control disfrazada de amor, y el apego obsesivo no es sino una cadena invisible que limita nuestras posibilidades de experimentar una relación genuina. El amor verdadero no se amarra, ni se obliga. Solo se construye con tiempo, paciencia y libertad. En lugar de buscar fórmulas mágicas, aprendamos a cultivar el amor que nos permite crecer como individuos y compartir nuestras vidas con el otro sin ataduras.

Por: Roberto Flores Piña

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