En México, la violencia es un problema generalizado que afecta tanto a hombres como a mujeres, pero con matices distintos. Mientras que las cifras muestran que la mayoría de los homicidios en el país tienen como víctimas a los hombres, los feminicidios revelan una violencia de género con raíces profundas en la desigualdad estructural. Sin embargo, más allá del debate de si la violencia tiene género, la pregunta de fondo es otra: ¿no somos todos víctimas de un Estado que ha fallado en atender las necesidades básicas de la sociedad, convirtiéndonos en nuestros propios victimarios?
El costo de la desigualdad y la falta de oportunidades
La violencia que se ejerce sobre los hombres está estrechamente ligada a la falta de oportunidades económicas y educativas. Los datos reflejan que la mayoría de los homicidios masculinos están relacionados con el crimen organizado, la pobreza y la marginación. Los jóvenes que crecen en entornos donde no hay empleo digno, educación de calidad ni acceso a oportunidades reales terminan siendo presas fáciles de la delincuencia o de conflictos armados que los convierten en cifras de homicidios diarios.
Por otro lado, las mujeres que son asesinadas suelen ser víctimas de una violencia más silenciosa y progresiva. La mayoría de los feminicidios ocurren en entornos familiares o cercanos, y muchas veces hay señales previas de abuso que no fueron atendidas ni por las víctimas ni por las instituciones. Pero aquí es donde el problema se vuelve más profundo: ¿cuántas de estas mujeres habrían podido escapar si tuvieran independencia económica, apoyo social o instituciones que realmente las protegieran?
Un país donde la violencia es la única constante
Las cifras oficiales del 2024 revelan una realidad escalofriante: más de 26,000 homicidios en el país, de los cuales 25,982 fueron hombres y 3,500 mujeres. De estos, 733 fueron clasificados como feminicidios. Pero más allá de los números, la verdadera tragedia es que el Estado no ha logrado generar condiciones para prevenir estos crímenes.
México es un país donde las instituciones de seguridad y justicia están rebasadas, donde la impunidad es la norma y donde la prevención de la violencia es casi inexistente. Se han creado leyes, campañas y estrategias, pero en la realidad, la falta de un Estado fuerte, con educación, empleo y seguridad, nos ha dejado en un escenario donde todos somos víctimas potenciales.
¿Víctimas o victimarios?
Es fácil dividir el problema en “hombres asesinos” y “mujeres víctimas”, pero esa visión ignora la raíz del conflicto: un sistema fallido que ha empujado a las personas a la violencia como única vía de escape. Los hombres mueren en enfrentamientos, en ajustes de cuentas o por ser criminalizados antes de tener una oportunidad. Las mujeres mueren a manos de sus parejas, en un entorno donde no pudieron huir. El Estado falló para ambos.
Hoy en día, no solo somos víctimas de la violencia, sino que nos hemos convertido en nuestros propios victimarios. Un joven que no encuentra oportunidades puede terminar empuñando un arma. Un hombre que creció en un entorno violento puede perpetuar la misma conducta. Una mujer atrapada en un sistema que la desprotege puede ser asesinada sin que nadie haga nada.
Conclusión: ¿qué hacemos con un país sin futuro?
El verdadero problema no es si la violencia tiene género o no. El problema es que México ha normalizado la violencia como parte de su vida cotidiana, sin atacar las causas de fondo: la falta de educación, de oportunidades, de justicia y de un verdadero Estado de derecho.
¿Queremos realmente acabar con la violencia? Entonces dejemos de buscar culpables en el género y empecemos a exigir un país donde las oportunidades sean más fuertes que las balas, donde la educación supere a la impunidad y donde la justicia llegue antes de que haya otra víctima más.
Por: Angel Flores
