Cada año, la Semana Santa llega envuelta en rezos, procesiones, imágenes sacras y templos llenos. Es un periodo que, desde la tradición católica, recuerda el sacrificio de Jesucristo por la humanidad. Un acto de amor, entrega y redención. Pero también es, o debería ser, un momento de reflexión profunda sobre quiénes somos y hacia dónde vamos como sociedad. Sin embargo, en México, esta fecha se ha convertido más en una rutina cultural que en un verdadero ejercicio de conciencia.
El catolicismo, sin lugar a dudas, ha marcado profundamente a nuestro país. Sus símbolos, sus fiestas, su lenguaje e incluso su ética han moldeado por siglos la vida pública y privada. Pero hoy nos enfrentamos a una crisis evidente: la fe no está transformando la realidad. Millones se golpean el pecho en los templos, pero fuera de ellos, participan o callan ante la corrupción, la violencia, la impunidad y el abuso de poder.
¿Qué sentido tiene recordar el sufrimiento de Cristo si somos indiferentes al sufrimiento de nuestro prójimo? ¿De qué sirve hablar de amor al prójimo si se normaliza la mentira, la trampa, el atropello y la injusticia? Vivimos una moral religiosa desarticulada, vacía, superficial. Una que se viste de incienso y solemnidad unos días, pero que no se compromete con lo que realmente significa la vida de Jesús: una rebeldía contra el egoísmo, la hipocresía y la falsa moral.
En estas fechas, los templos se llenan, pero las calles siguen plagadas de miedo. Los discursos de perdón se oyen, pero no hay reparación para las víctimas. Se habla de sacrificio, pero poco se practica la renuncia al poder, al privilegio, a la ventaja injusta. La Semana Santa se queda en rito si no nos lleva a confrontarnos con el país que hemos construido y el que hemos tolerado.
México no necesita más católicos de costumbre, necesita más personas conscientes. No importa si se cree o no se cree en Dios: lo urgente es creer en la dignidad humana, en el respeto, en el bien común. El verdadero milagro no será una aparición ni una imagen que llore sangre, sino una sociedad que recupere el valor de la verdad, la empatía, la justicia y el servicio al otro.
Este tiempo de silencio, ayuno y recogimiento puede seguir siendo solo una pausa turística… o puede ser el punto de quiebre para recuperar lo perdido: la capacidad de mirarnos al espejo y decidir no seguir igual. Porque el cambio verdadero, como el mensaje más profundo del cristianismo, siempre comienza desde adentro.
Por: Angel Flores
