EL PRECIO DE LA MOVILIDAD EN UN PAÍS DE SALARIOS MÍNIMOS

En México, tener un automóvil parece más un privilegio que una necesidad satisfecha. Para quienes perciben el salario mínimo, la posibilidad de adquirir un auto nuevo o incluso seminuevo se presenta como un sueño lejano, casi inalcanzable. El mercado automotriz en el país no está diseñado para la clase trabajadora; por el contrario, se alimenta de un sistema de financiamiento que promueve el endeudamiento a largo plazo, con intereses que terminan duplicando —o más— el valor real del vehículo.

Un auto nuevo en México ronda fácilmente los $250,000 pesos. Con un salario mínimo mensual de poco más de $7,500 pesos, una persona necesitaría al menos 33 meses de salario íntegro, sin gastar un solo peso en comida, vivienda, transporte o servicios, para poder cubrir ese monto. Pero esto es sólo una parte del problema. Las financieras, conscientes de esta brecha, ofrecen créditos a plazos de hasta 60 o 72 meses con tasas de interés que rara vez bajan del 13% anual. Es decir, quien financia su coche termina pagando entre $350,000 y $400,000 pesos por un bien que no sólo se devalúa rápidamente, sino que a menudo se convierte en una carga más que en una solución.

La opción de comprar un seminuevo tampoco representa una verdadera alternativa. Aunque más baratos, estos autos suelen adquirirse con créditos personales o a través de financieras con intereses aún más altos, y en muchos casos, sin garantía mecánica. La persona trabajadora termina comprometiendo su quincena en un vehículo que puede descomponerse en cualquier momento, generando nuevos gastos imprevistos.

Ante este escenario, algunos recurren al leasing o arrendamiento. Esta modalidad, popular en otros países, ha comenzado a abrirse paso en México, pero no es accesible para todos. Requiere comprobantes de ingresos elevados, buen historial crediticio y en muchas ocasiones sólo beneficia a empresas o personas con capacidad de deducir impuestos. Además, al final del contrato, el auto no es tuyo, y cualquier pequeño daño puede costarte penalizaciones severas. Es, en esencia, pagar por algo que nunca será tuyo.

Este modelo de adquisición de automóviles está estructurado para que la movilidad privada sea un lujo, no un derecho. El transporte público sigue siendo insuficiente, inseguro o inexistente en muchas zonas del país, lo que obliga a millones a depender de taxis, transporte informal o largas caminatas para llegar al trabajo. Tener auto, en estas condiciones, más que una comodidad, es una necesidad sin soluciones realistas para la mayoría.

En un país donde el salario mínimo apenas alcanza para sobrevivir, esperar que una persona pueda adquirir un automóvil sin endeudarse hasta el cuello, es tan irreal como injusto. Urge una revisión profunda del sistema financiero automotriz, de las condiciones de movilidad y del propio salario. Porque mientras el acceso al auto siga estando condicionado al endeudamiento o al privilegio, la brecha de desigualdad seguirá marcando el camino… incluso en la carretera.

Por: Angel Flores

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