El mundo ha cambiado y con él, también lo han hecho las formas de entretenimiento de los niños. Aquellos juguetes tradicionales que durante generaciones acompañaron la infancia, como muñecas, carritos, trompos y baleros, están siendo desplazados por una creciente dependencia a dispositivos electrónicos. La facilidad de acceso a teléfonos inteligentes, tabletas y consolas de videojuegos ha modificado de manera profunda los hábitos de juego infantil, una transformación que no solo habla de avances tecnológicos, sino también de una alarmante pérdida de experiencias fundamentales para el desarrollo.
De acuerdo con un reciente estudio realizado por AIJU y la Fundación Crecer Jugando, más del 90 por ciento de los niños entre cuatro y doce años pasa más tiempo del recomendado frente a las pantallas. Este dato es un reflejo de cómo los juguetes físicos han perdido terreno frente a los estímulos inmediatos y visuales que ofrece la tecnología. Mientras que antes el juego era sinónimo de imaginación, creatividad y socialización, hoy se ha transformado en una experiencia solitaria y pasiva, dominada por algoritmos y contenido digital.
La llegada del Día del Niño, una fecha que tradicionalmente impulsaba la venta de juguetes físicos, muestra también esta transformación. Aunque las tiendas aún exhiben estantes llenos de muñecos, pelotas y juegos de mesa, cada vez más padres optan por regalar dispositivos electrónicos, tarjetas de regalo para plataformas digitales o accesorios para consolas. Las tendencias de consumo revelan que el concepto de «juguete» ha cambiado radicalmente, adaptándose a una infancia que parece encontrar en la pantalla su principal fuente de entretenimiento.
La situación es preocupante. Especialistas en salud infantil han advertido sobre los riesgos de esta sobreexposición tecnológica. Problemas como el sedentarismo, trastornos del sueño, fatiga visual y dificultades en el desarrollo cognitivo y emocional comienzan a aparecer a edades cada vez más tempranas. La Asociación Española de Pediatría ha reiterado la urgencia de limitar el uso de pantallas en niños menores de seis años, recomendando el regreso a métodos de aprendizaje y juego tradicionales, donde la interacción humana y la actividad física sean protagonistas.
Más allá de los datos duros, hay una dimensión más profunda que también se está perdiendo. El juego libre y no estructurado, aquel que permitía a los niños explorar el mundo, ensuciarse, inventar historias y construir mundos imaginarios, está siendo reemplazado por contenidos prefabricados. El psicólogo infantil Julio Rodríguez advierte que la infancia moderna se ha «domesticado», cuando debería seguir siendo un territorio salvaje de exploración y creatividad. Según Rodríguez, la libertad de jugar sin reglas estrictas ni guiones predefinidos es esencial para el sano desarrollo emocional y social de los niños.
La responsabilidad no recae únicamente en la industria tecnológica, sino también en los adultos que, por comodidad o desconocimiento, permiten este consumo desmedido. La cultura de la inmediatez ha invadido los hogares, dejando poco espacio para la paciencia, la creatividad y la convivencia real. Los juguetes tradicionales, aunque siguen existiendo en el mercado, luchan por sobrevivir en un entorno donde lo que no brilla ni se conecta a internet parece no tener valor.
La evolución tecnológica es innegable y también ofrece oportunidades positivas cuando se utiliza de forma equilibrada. Sin embargo, es crucial replantearse el modelo de infancia que se está construyendo. Si se permite que las pantallas dominen todos los aspectos de la vida infantil, lo que se perderá no solo serán los juguetes de antaño, sino también las habilidades humanas esenciales que se forjan en el juego libre y en el contacto humano. Revalorizar los juguetes tradicionales y fomentar un uso consciente de la tecnología no es una simple cuestión de nostalgia, sino una necesidad urgente para proteger el futuro emocional, físico y mental de las nuevas generaciones.
Por: Roberto Flores Piña
