EL CASO DEL ALCALDE DE TIANGUISTENGO Y EL DESFALCO DISFRAZADO DE FIESTA
Por : Luis Roberto Flores
Por años, los mexicanos hemos visto cómo los recursos públicos terminan financiando lujos personales de quienes, en teoría, fueron electos para servir al pueblo. La historia se repite una vez más en el municipio de Tianguistengo, Hidalgo, donde el alcalde Febronio Rodríguez Villegas militante del partido Morena protagonizó un escándalo más en la larga lista de excesos de la clase política: una fiesta de quince años para su hija que nada tiene que envidiarle a las celebraciones de las élites criminales millonarias del país.
En uno de los municipios más pobres no solo de Hidalgo, sino de todo México, el edil decidió contratar al cantante de narcocorridos «El Komander», artista que, según distintos testimonios y reportes, cobra entre 150 mil y 200 mil dólares por presentación. A esto se suma la asistencia de más de 800 invitados, entre los cuales figuraban otros servidores públicos, lo que evidencia una red de complicidad y normalización del derroche con dinero que, directa o indirectamente, proviene del erario.
Este hecho no solo indigna por el monto económico que implica, sino por el nivel de cinismo que representa. Morena, partido al que pertenece Rodríguez Villegas, surgió con la promesa de ser diferente: de gobernar con austeridad, moralidad y compromiso con los más necesitados. Sin embargo, casos como este solo dejan al descubierto que muchos políticos se han infiltrado en este movimiento social para continuar con las prácticas corruptas de antaño, bajo un nuevo discurso que solo utilizan como fachada.
La pregunta que sigue es: ¿de dónde provino el dinero para pagar una fiesta de ese nivel en una región con carencias tan graves? ¿Cómo justificar tal gasto ante los ojos de los ciudadanos que padecen falta de servicios, desempleo y marginación? Aunque el evento pueda haberse financiado con recursos «personales», en política la percepción importa tanto como los hechos, y cuando un servidor público presume este tipo de lujos, inevitablemente levanta sospechas de enriquecimiento ilícito.
La fiesta no es solo una anécdota; es un síntoma de algo más profundo: el fracaso institucional para castigar la corrupción, la desconexión entre los gobernantes y los gobernados, y el debilitamiento del discurso ético que prometía una transformación real del país. Lo que debería escandalizarnos no es solo el nombre del artista contratado, sino la burla implícita a los principios que el propio partido dice defender.
Hoy más que nunca, se necesita vigilancia ciudadana, periodismo crítico y una auténtica rendición de cuentas. Si permitimos que eventos como este pasen desapercibidos o se normalicen, estaremos renunciando a la posibilidad de construir un país más justo, donde el poder realmente sirva al pueblo y no se sirva de él.
