LA ECOLOCALIZACIÓN EN PERSONAS CIEGAS

En los últimos años, la ciencia ha documentado con creciente evidencia una capacidad humana que parece sacada de la ciencia ficción: la ecolocalización. Si bien este fenómeno es comúnmente asociado con murciélagos o delfines, lo cierto es que algunas personas ciegas han logrado desarrollar esta habilidad con sorprendente precisión, permitiéndoles percibir el entorno a través del sonido. Más aún, estudios recientes demuestran que esta habilidad no solo es real, sino entrenable, y plantea interrogantes fundamentales sobre la neuroplasticidad, la percepción y el abandono institucional hacia la comunidad con discapacidad visual.

Investigadores de las universidades de Durham y York en Reino Unido realizaron un estudio con 12 personas ciegas y 14 videntes, quienes fueron entrenados durante 10 semanas para emitir chasquidos con la lengua y leer los ecos resultantes. Los hallazgos son reveladores: todos los participantes lograron mejorar su capacidad de orientación espacial mediante ecolocalización, y los escáneres cerebrales mostraron que incluso la corteza visual se activaba ante estos sonidos. Esto contradice el paradigma tradicional de que el cerebro está rígidamente dividido por funciones sensoriales, y sugiere que, con la metodología adecuada, el cerebro humano puede adaptarse radicalmente a condiciones adversas.

Sin embargo, pese al potencial transformador de esta habilidad, la ecolocalización sigue siendo marginal en los programas oficiales de rehabilitación visual. En México, por ejemplo, las políticas públicas enfocadas en discapacidad visual apenas cubren los aspectos básicos de movilidad con bastón blanco o el uso de tecnologías convencionales como lectores de pantalla. No existe, hasta ahora, una estrategia nacional que fomente la enseñanza sistemática de la ecolocalización como herramienta de independencia. ¿Por qué se ignora esta posibilidad cuando la evidencia científica ya la respalda?

Daniel Kish, uno de los principales exponentes de esta técnica y fundador de World Access for the Blind, ha enseñado ecolocalización a cientos de niños ciegos en todo el mundo. Kish, quien perdió la vista a los 13 meses de edad, ha demostrado que esta habilidad puede permitir actividades impensables para alguien ciego, como andar en bicicleta sin asistencia. Aun así, su trabajo ha sido más valorado por comunidades internacionales que por gobiernos o instituciones educativas.

Esta omisión no solo refleja una falta de visión (valga la ironía) en la política pública, sino también una mirada paternalista hacia la discapacidad. La persona ciega, en el imaginario colectivo, sigue siendo vista como alguien dependiente, sin agencia, y cuya movilidad solo puede ser asistida. La ecolocalización, al cuestionar esa imagen, se convierte en una amenaza a la comodidad institucional. Una amenaza que, como tantas otras, es más fácil ignorar.

Urge replantear el enfoque hacia la discapacidad visual en nuestras políticas y sistemas educativos. La ecolocalización no es una curiosidad científica ni una moda de neurodivulgación: es una herramienta real, útil, y subutilizada. Si el Estado realmente busca garantizar inclusión e independencia para las personas con discapacidad, debe mirar con seriedad esta capacidad humana que, hasta ahora, ha sido subestimada.

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