EL ENCANTO DE LO NATURAL

En un mundo saturado de químicos y diagnósticos acelerados, más de 80% de la población mundial ha recurrido a alguna forma de medicina tradicional, según datos de la Organización Mundial de la Salud. Solo en México, se estima que el 40% de la población ha usado medicina naturista en el último año, especialmente en zonas rurales donde el acceso a hospitales es limitado.

Las plantas medicinales representan una economía oculta: tan solo la industria de herbolaria en México genera más de USD 1,200 millones anuales, siendo los remedios para la ansiedad, la digestión y el insomnio los más comercializados. La valeriana, la manzanilla y el toronjil no solo sanan, también sostienen miles de empleos en comunidades indígenas y campesinas.

Pero esta popularidad viene con advertencias. En un estudio de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), el 60% de los productos naturistas en mercados urbanos carece de etiquetado claro o evidencia científica sobre sus efectos reales. El “natural no hace daño” es una creencia peligrosa cuando se omiten dosis, interacciones o condiciones preexistentes.

La medicina naturista no es un acto de nostalgia: es una decisión cultural, económica y espiritual. Representa el anhelo de sanar sin violencia, de reconectar con la tierra y de creer que el cuerpo no es una máquina, sino un jardín que también necesita sombra, silencio y raíces.

La ciencia ha empezado a mirar este jardín con respeto. Lo ideal no es la confrontación, sino el diálogo: que el bisturí escuche a la hoja, que la receta médica se escriba al lado de un té de bugambilia. Porque sanar, en el fondo, no siempre es curar. A veces, solo es recordar que la vida, como las plantas, florece mejor cuando no la forzamos.

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