En los últimos años, el movimiento body positive ha ganado terreno en las redes sociales, la publicidad y el discurso popular. Su mensaje original —fomentar la aceptación del cuerpo, sin importar su forma, tamaño o color— nació como una respuesta justa y necesaria a los cánones de belleza hegemónicos que durante décadas provocaron daños psicológicos y sociales profundos. Sin embargo, en México, este movimiento parece estar deslizándose peligrosamente de la aceptación hacia la normalización de enfermedades y estilos de vida poco saludables, especialmente entre las nuevas generaciones.
La realidad mexicana es alarmante: según datos del Instituto Nacional de Salud Pública, más del 70% de los adultos en México tienen sobrepeso u obesidad. En adolescentes, la cifra también se eleva cada año. Y mientras estas estadísticas deberían preocuparnos, una parte del discurso body positive en redes sociales desestima los riesgos, bajo el argumento de que “todos los cuerpos son sanos” o que “no debemos avergonzar a nadie por su apariencia”.
Este enfoque, aunque bien intencionado, ha dado lugar a una peligrosa confusión entre autoestima y autoengaño. Amar el propio cuerpo no debería ser sinónimo de ignorar los riesgos médicos del sobrepeso, la diabetes tipo 2, la hipertensión o el colesterol alto. La autoaceptación es un paso valioso, pero debe estar acompañada de información, prevención y responsabilidad.
En un país donde la educación nutricional es casi inexistente en las escuelas, y la comida ultraprocesada se promueve sin mayor regulación, el romanticismo de «amar tu cuerpo tal como es» puede convertirse en una trampa que perpetúa hábitos dañinos. Las nuevas generaciones crecen viendo influencers que se presentan como ejemplos de libertad corporal, pero que muchas veces carecen del conocimiento médico necesario para hablar sobre salud. No es cuestión de juzgar los cuerpos, sino de no romantizar las enfermedades.
Además, el discurso body positive en México muchas veces se reduce a las redes sociales, donde la apariencia sigue siendo el centro de todo. Se habla de “inclusión” y “diversidad”, pero rara vez se profundiza en la raíz de los problemas: el sistema alimentario, la falta de espacios públicos seguros para hacer ejercicio, la precariedad laboral que obliga a comer lo que se puede, y no lo que se debe.
Aceptar el cuerpo no es resignarse a la enfermedad. La verdadera revolución no está en posar en Instagram sin filtro, sino en exigir educación nutricional, acceso a atención médica de calidad, regulación publicitaria y una cultura de salud basada en el conocimiento, no en la negación.
Es tiempo de recuperar el equilibrio entre el amor propio y el autocuidado. No debemos volver a la cultura de la vergüenza, pero tampoco podemos quedarnos atrapados en un espejismo donde la aceptación sustituye a la prevención. En México, más que en otros lugares, hablar de body positive debe implicar hablar de salud pública, de clase social y de educación. Porque aceptar tu cuerpo también es cuidarlo.
Por: Roberto Flores
