CULTURA DEL DELITO


LA PELIGROSA FASCINACIÓN DE MÉXICO POR LA APOLOGÍA CRIMINAL


Por: Luis Roberto Flores Islas
En los últimos años, México ha vivido una transformación cultural alarmante: la normalización y glorificación del crimen en los contenidos audiovisuales y musicales que consume gran parte de su población. Desde series de televisión hasta los populares corridos tumbados y bélicos, se ha instaurado una narrativa en la que los criminales ya no son temidos, sino admirados. Esta tendencia tiene consecuencias sociales graves, sobre todo si se convierte en una parte arraigada de la identidad cultural de millones de mexicanos.
Un caso reciente ocurrido en Oaxaca evidenció el poder de este fenómeno. Un maestro fue encarcelado por oponerse a un concierto de corridos en su comunidad. Su protesta no fue violenta ni incitadora, sino un acto de conciencia ante el impacto que tiene este tipo de música en los jóvenes. ¿El resultado? La justicia castigó su disidencia en lugar de cuestionar el contenido del espectáculo. Este episodio es más que un incidente aislado: revela el nivel de aceptación social que ha alcanzado la apología del delito y cómo las instituciones pueden volverse cómplices por omisión o por intereses políticos.
Lo preocupante no es solo la música o las series, sino la falta de una base cultural sólida que permita discernir entre ficción y modelo a seguir. Desde edades tempranas, muchos niños crecen en entornos donde se escucha música que ensalza a sicarios, líderes de cárteles y actos violentos. Al mismo tiempo, se les inculca una devoción religiosa orientada a figuras como la Santa Muerte o Jesús Malverde, íconos asociados al narcotráfico. Este sincretismo entre religión popular y crimen crea una espiritualidad distorsionada que justifica la violencia como camino de vida y redención.
Los medios de comunicación no han sido ajenos a esta tendencia. Las pantallas están plagadas de series y películas donde los narcotraficantes no solo protagonizan la historia, sino que son representados como figuras heroicas, astutas, seductoras y valientes. El «anti-héroe» criminal se convierte en ídolo cultural, mientras que las instituciones que representan la ley y el orden aparecen débiles, corruptas o ridiculizadas. Este desequilibrio narrativo influye en la percepción pública, sobre todo en zonas donde la presencia del Estado es mínima y la delincuencia organizada es la única autoridad visible.
Es urgente hacer una reflexión como sociedad. No se trata de censurar expresiones artísticas, sino de entender qué valores están detrás de los contenidos que consumimos y promovemos. ¿Por qué aplaudimos letras que glorifican la violencia? ¿Por qué los jóvenes prefieren aspirar a ser narcos que profesionistas? La cultura no solo entretiene; también educa, moldea y define el rumbo de un país.
Si México quiere construir una sociedad más justa, libre y pacífica, debe comenzar por rescatar el valor de la vida, la legalidad y la educación desde la base: la cultura. Y eso empieza por cuestionar qué tipo de ídolos se levantan y qué tipo de futuro aceptamos con indiferencia.

Deja un comentario