México no es azteca
Durante generaciones, muchos mexicanos han crecido con una narrativa poderosa, repetida en libros de texto, discursos patrióticos y películas épicas: la idea de que, si no hubiera existido la Conquista, México —heredero legítimo del imperio mexica— sería hoy una potencia mundial. Esta visión romántica, nacionalista y simplificada ha calado hondo en la memoria colectiva. Pero ha llegado el momento de desmontarla con madurez.
La realidad es contundente: los mexicanos actuales no somos aztecas. Somos el resultado de una historia mucho más compleja y diversa. Nuestra herencia proviene tanto de pueblos originarios como los tlaxcaltecas, otomíes, mayas, zapotecos y purépechas, como de los colonizadores españoles que llegaron en el siglo XVI, y más tarde de migrantes africanos, asiáticos y europeos. Negar la herencia española es negar media historia de lo que somos.
El imperio mexica —llamado erróneamente “azteca”— era un poder opresor para muchos pueblos. Los mexicas exigían tributo, imponían su religión y practicaban guerras de expansión. Fueron justamente esos pueblos oprimidos, como los tlaxcaltecas, quienes se aliaron con Hernán Cortés para derrocar a Tenochtitlan. La Conquista no fue simplemente una invasión europea: fue también una revolución indígena interna.
Una gran paradoja nacional es que muchos mexicanos desprecian la idea de haber sido conquistados por los españoles, pero al mismo tiempo admiran y viven profundamente el legado cultural que esa fusión trajo consigo. ¿Qué sería de México sin el idioma español, la religión católica, la música de cuerdas, los templos, catedrales, plazas coloniales y hasta la comida mestiza?
La gastronomía mexicana —patrimonio cultural de la humanidad— es resultado de esa fusión entre ingredientes originarios como el maíz y el chile, con productos traídos por los españoles como el cerdo, el trigo, el arroz y la canela. Lo mismo sucede con nuestra arquitectura, nuestras fiestas patronales, el mariachi, la literatura, e incluso las instituciones políticas y legales que nos rigen. Hablar de la Conquista solo como destrucción es negar que también hubo intercambio, aprendizaje y creación de una nueva cultura única en el mundo: la cultura mexicana.
Otra idea frecuente en discursos populares es que, si México hubiera sido colonizado por Inglaterra —como ocurrió con Estados Unidos— hoy seríamos una potencia mundial. Pero esa comparación ignora una realidad histórica crucial: los ingleses no mestizaban, exterminaban. En las colonias británicas del norte, los pueblos originarios fueron desplazados, arrinconados en reservas, o directamente exterminados. No hubo integración, ni mestizaje, ni fusión cultural. Si México hubiera sido colonizado por los ingleses, es probable que ningún mexicano indígena, ni mestizo, ni culturalmente latino existiera hoy. Lo que admiramos de nuestra identidad no habría nacido jamás.
Culpar a España por los males actuales de México es un ejercicio de evasión histórica. La corrupción, el racismo estructural, la impunidad y la desigualdad no son legados inevitables de la Conquista, sino fallas del Estado moderno mexicano, que ha sido incapaz de dar justicia plena a todos sus ciudadanos, especialmente a los pueblos originarios. Seguir odiando a España en pleno siglo XXI es como odiar al espejo por lo que refleja. Los españoles actuales no son conquistadores, ni los mexicanos descendientes directos de Moctezuma. Somos, ambos, pueblos modernos con historias entrelazadas. Y aunque no debemos romantizar la colonización, tampoco debemos mitificar un pasado que nunca existió.
México no necesita idealizar un imperio caído ni victimizarse eternamente para construir su futuro. Lo que necesita es reconocer su compleja herencia mestiza con madurez, sin rencor ni autoengaño, y enfocarse en los problemas reales del presente. Nuestra fuerza no está en lo que fuimos, sino en lo que somos capaces de ser cuando dejamos de vivir en mitos.
Por: Angel Flores
