LA INUNDACIÓN DE LA NEGLIGENCIA

LAS LLUVIAS QUE DESNUDAN LA INEFICIENCIA MUNICIPAL EN LA ZONA METROPOLITANA DE HIDALGO

Por: Luis Roberto Flores Islas


Cada temporada de lluvias en la zona metropolitana de Hidalgo, especialmente en Pachuca y Mineral de la Reforma, ocurre un fenómeno que ya no debería sorprendernos, pero que genera caos, pérdidas materiales y frustración ciudadana: las inundaciones. Avenidas principales convertidas en ríos, colonias anegadas, transporte paralizado, casas inhabitables. No se trata de una catástrofe natural impredecible, sino del resultado directo de la negligencia sistemática y de una gestión pública profundamente deficiente.
Los ejemplos sobran. Colonias de Mineral de la Reforma, como La Providencia o Campestre Villas del Álamo, y zonas del sur de Pachuca como Tuzos o El Palmar, enfrentan año tras año los estragos del agua. Las lluvias no perdonan, pero son las autoridades quienes han fallado en prevenir sus consecuencias. En lugar de aplicar estrategias de infraestructura pluvial adecuadas, seguimos viendo cómo el agua toma el control de la ciudad, mientras los gobiernos municipales improvisan respuestas tardías y poco efectivas.
El problema tiene raíces profundas, tanto políticas como estructurales. La urbanización acelerada, sin planificación y sin estudios serios del suelo, ha llevado a que se construyan fraccionamientos enteros sobre zonas inestables, mal drenadas o de alto riesgo de inundación. Muchos de estos desarrollos fueron aprobados en administraciones pasadas donde la corrupción jugó un papel protagonista. Exfuncionarios, hoy ausentes del debate público, autorizaron o incluso promovieron la venta de viviendas de mala calidad, al lucrar con recursos públicos y comprometiendo la seguridad de miles de familias.
Esta falta de responsabilidad no es nueva. Basta recordar la tromba que azotó Pachuca en la década de los años cuarenta, un evento histórico que dejó huella en la memoria colectiva por su fuerza devastadora. Sin embargo, aquel desastre, ocurrido hace más de 80 años, no fue suficiente para sentar las bases de una cultura de prevención real. Las tragedias pasadas deberían servir como advertencia, no como anécdota. Pero el olvido institucional es también una forma de negligencia.
Hoy, en 2025, el resultado de esta cadena de omisiones es una ciudad metropolitana vulnerable, en la que basta una lluvia fuerte para revelar lo endeble del sistema de drenaje, la carencia de obras hidráulicas funcionales, y la absoluta falta de visión a largo plazo. Y es aquí donde cabe una pregunta fundamental: ¿qué esperan las autoridades para actuar?
No es una cuestión técnica imposible de resolver. Existen tecnologías, experiencias en otras ciudades, y recursos etiquetados que, bien utilizados, podrían evitar que cada temporal sea un viacrucis para los habitantes. Pero para lograrlo, se necesita voluntad política, rendición de cuentas y, sobre todo, poner al ciudadano al centro de las decisiones de urbanismo y desarrollo.
El agua que corre por las calles de Pachuca y Mineral de la Reforma no es solo lluvia: es también la prueba líquida de años de abandono, de funcionarios que priorizaron el beneficio propio sobre el bien común. Y mientras no se rompa ese ciclo de complicidad y desidia, cada tormenta seguirá arrastrando más que lodo: arrastrará la confianza ciudadana, la seguridad de los hogares y el futuro de una zona metropolitana que merece, y necesita, gobiernos a la altura de sus desafíos.

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