En México, los monstruos no siempre portan cuchillos ni se esconden en callejones oscuros. Algunos usan trajes impecables, saludan con una sonrisa perfecta y ocupan cargos directivos. Se les conoce como psicópatas funcionales: individuos con rasgos clínicos de psicopatía que, lejos de estar al margen de la sociedad, están plenamente integrados a ella. Y en muchos casos, son vistos como modelos de éxito.
La psicopatía tradicionalmente se ha vinculado con criminales violentos o asesinos seriales. Sin embargo, estudios recientes distinguen una variante más sofisticada y común: la del psicópata integrado o funcional. Este individuo no necesariamente comete delitos, pero carece de empatía, remordimiento y vínculos afectivos genuinos, lo que le permite avanzar en contextos donde esas emociones podrían ser una carga.
“Son fríos, encantadores, calculadores. Tienen la capacidad de seducir, manipular y controlar sin culpa”, explica la psicóloga forense Brenda Martínez. “Y en ciertos ambientes, como el mundo corporativo o político, esas habilidades son útiles, incluso valoradas”.
La lógica competitiva de muchos espacios laborales y sociales favorece estos rasgos. La frialdad emocional es interpretada como objetividad; la manipulación como carisma; el egocentrismo como liderazgo. En palabras del sociólogo David Rojas, autor de México y el poder sin empatía: “Vivimos en una cultura donde se premia al más astuto, al que ‘sabe moverse’, aunque eso implique pasar por encima de los demás. Eso no es un error del individuo, sino del sistema”.
En ambientes donde la corrupción, la impunidad y el individualismo son la norma, los psicópatas funcionales no solo sobreviven: prosperan.
Estudios internacionales calculan que entre un 1% y un 4% de la población presenta rasgos psicopáticos. Aplicado a México, esto equivaldría a más de un millón de personas. No todas son criminales. Muchas trabajan, estudian, votan, e incluso dirigen organizaciones. Y si bien la mayoría no comete actos abiertamente violentos, su presencia deteriora los entornos sociales. Desde jefes abusivos hasta políticos que mienten sin remordimiento, los ejemplos abundan.
Aunque es difícil diagnosticar sin evaluación clínica, el perfil se hace evidente en ciertos comportamientos. Empresarios que despiden sin titubear a cientos de empleados, alegando “eficiencia”. Funcionarios que mienten abiertamente sin mostrar culpa, incluso frente a pruebas. Líderes religiosos o académicos que abusan psicológicamente de sus seguidores, sin consecuencias. Lo inquietante es que estas personas, lejos de ser marginadas, son admiradas y promovidas. “Se les ve como gente fuerte, decidida, ‘con visión’. Pero en realidad, muchas veces actúan sin conciencia del daño que causan”, advierte Martínez.
El problema no es solo psicológico, sino estructural. Mientras el éxito se mida por la acumulación de poder y riqueza, sin considerar el costo humano, los psicópatas funcionales seguirán ganando terreno. La educación emocional, la rendición de cuentas y el fortalecimiento de valores éticos en las instituciones son herramientas clave para resistir esta normalización del abuso. Pero no basta con señalar a los individuos: hay que cuestionar los sistemas que los legitiman.
La psicopatía integrada representa un tipo de violencia silenciosa, difícil de identificar pero profundamente destructiva. No grita ni golpea: manipula, controla y usa a los demás como piezas descartables. Y lo más perturbador es que muchas veces lo hace con una sonrisa encantadora.
Por: Roberto Flores Piña
