Por: Luis Roberto Flores Islas
La música regional mexicana, con su vibrante energía, letras sentidas y estilo inconfundible, es hoy un símbolo de identidad y resistencia cultural. Pero pocos se detienen a pensar que gran parte de su esencia, esa que se baila en cada feria del norte y se escucha en las radios de todo el país, tiene una raíz europea, particularmente germánica: la polka. En efecto, detrás de los acordes de un acordeón norteño o los compases de un huapango se esconde una historia de migraciones, mestizaje y creatividad. Y en esa historia, una figura destaca como puente entre tradición y modernidad: Eulalio González “El Piporro”.
La polka llegó a México en el siglo XIX con los inmigrantes europeos, particularmente alemanes, checos y austriacos que se establecieron en el norte del país, sobre todo en estados como Nuevo León, Tamaulipas y Coahuila. Estos migrantes trajeron consigo no sólo técnicas de agricultura y arquitectura, sino también su música, danzas y, sobre todo, sus instrumentos: el acordeón diatónico y el bajo sexto.
El pueblo mexicano, con su gran capacidad para absorber y transformar, no tardó en hacer suya esta música. Así nació el estilo norteño, también llamado «norteña», en el que la polka se mezcló con el corrido —una forma narrativa profundamente mexicana— y con ritmos como la redova, el chotis y la mazurca. Lo que en Europa eran danzas de salón, en México se convirtieron en himnos populares que hablaban de la Revolución, del amor imposible y del trabajo en el campo.
Uno de los géneros más emblemáticos que se nutrió de estas fusiones fue el corrido, que ya existía antes de la llegada de la polka, pero que adoptó el ritmo acelerado y la estructura repetitiva de los bailes europeos. El corrido se convirtió en la crónica popular por excelencia, contando hazañas de héroes revolucionarios, bandidos famosos, historias de migración y luchas sociales. Algunos ejemplos icónicos incluyen “Gregorio Cortez”, “Valentín de la Sierra” o “La Jaula de Oro”.
En este paisaje musical emerge Eulalio González, conocido como “El Piporro”, actor, cantante y comediante que redefinió el personaje del norteño en la cultura popular mexicana. Aunque comenzó su carrera en la radio, fue en el cine de oro mexicano donde alcanzó la fama, interpretando al típico ranchero del norte: pícaro, valiente y con un particular sentido del humor. Pero El Piporro no fue solo un actor; también fue un innovador musical.
Como cantante, González fusionó el estilo norteño con un tono humorístico y teatral que le ganó el cariño del público. Fue de los primeros en incluir narraciones habladas dentro de canciones, una técnica que más tarde usarían artistas de banda y corrido moderno. Su dominio del acordeón, su interpretación exagerada del acento norteño y su defensa del habla fronteriza contribuyeron enormemente a consolidar la identidad del norte en la música nacional.
Hoy, los géneros derivados de esta mezcla como el norteño-banda, el grupero o el tex-mex dominan tanto en México como en las comunidades latinas de Estados Unidos. Artistas contemporáneos como Los Tigres del Norte, Intocable o incluso corridos tumbados como los de Peso Pluma beben directa o indirectamente de este legado. El uso del acordeón, los temas fronterizos y la estructura musical siguen ahí, adaptados a las nuevas generaciones.
La música regional mexicana no es un género cerrado ni puramente autóctono. Es, como toda cultura viva, el resultado de siglos de encuentros y choques, de influencias extranjeras y apropiaciones locales. La polka, traída por los europeos, encontró en el norte de México un terreno fértil para florecer, y figuras como El Piporro la regaron con humor, identidad y estilo. Así nació una música que no sólo se escucha, sino que se vive.
