LAS RAZAS NO EXISTEN PERO LA DISCRIMINACIÓN SIGUE VIVA


En los últimos años, la conversación pública ha girado intensamente en torno a las luchas de género. Se discute con pasión sobre la igualdad entre hombres y mujeres, sobre el lenguaje inclusivo, las identidades no binarias, los derechos reproductivos. Estos temas son importantes y merecen su espacio, sin duda. Pero en medio de este nuevo enfoque, algo esencial ha quedado relegado al olvido: el racismo como raíz profunda del clasismo que aún domina nuestras sociedades.

Nos guste o no, el mundo en que vivimos fue construido sobre la falsa idea de las razas humanas, una invención política y pseudocientífica que sirvió para justificar la esclavitud, el colonialismo, el saqueo y la exclusión de millones de personas durante siglos. A partir de esas supuestas «razas», se establecieron jerarquías de valor humano: unos eran civilizados, racionales y dignos de gobernar; otros eran considerados salvajes, primitivos y útiles solo como mano de obra o mercancía.

Desde el siglo XVIII, pensadores europeos y científicos coloniales impusieron una clasificación racial pseudocientífica, profundamente racista, que dividía a la humanidad según características físicas y supuestas capacidades mentales. Se hablaba de la raza caucásica (europeos) como superiores, inteligentes y civilizados. Los mongoloides (asiáticos) eran obedientes pero inferiores. Los negroides (africanos) eran clasificados como primitivos y salvajes. Los amerindios eran considerados perezosos, tercos y paganos. Incluso se añadían categorías como los australoides, a menudo directamente deshumanizados. Estas ideas no solo alimentaron teorías racistas, sino que justificaron políticas reales: esclavitud, genocidios, ocupaciones militares, evangelización forzada y exterminio cultural.

Más tarde, estas clasificaciones raciales se convirtieron en leyes. Las leyes Jim Crow en Estados Unidos prohibían la mezcla racial en escuelas, baños, matrimonios y transporte. El apartheid en Sudáfrica dividía a la sociedad en blancos, negros, «coloureds» y asiáticos, con derechos distintos para cada uno. En la Alemania nazi, se definía quién era ario y quién debía ser perseguido o exterminado. En América Latina, el racismo se disfrazó con elegancia: se hablaba de mestizaje, pero se mantenían privilegios para los blancos y descendientes de europeos, mientras indígenas y afrodescendientes quedaban al margen del poder y la riqueza.

Esa estructura no desapareció con el paso de los siglos. Simplemente mutó. Hoy seguimos viviendo sus consecuencias en forma de desigualdad económica, marginación territorial, discriminación laboral, violencia policial, racismo estructural. En casi todos los países, la pobreza tiene color. Las poblaciones racializadas siguen viviendo con acceso limitado a salud, educación, justicia y dignidad. El clasismo moderno es la versión elegante del racismo antiguo. El dinero no ha reemplazado al color: lo ha camuflado.

Y sin embargo, la atención pública se ha desplazado. Nos hemos volcado a hablar de feminismo, pero muchas veces desde una perspectiva blanca, urbana y de clase media. Se habla de igualdad de género, pero pocas veces se reconoce que no es lo mismo ser mujer blanca que ser mujer indígena o afrodescendiente. Tampoco es lo mismo ser hombre rico que ser hombre pobre y racializado. El género importa, sí, pero no puede discutirse en serio sin enfrentar también las estructuras racistas que moldearon el mundo. Porque el patriarcado y el racismo han sido aliados históricos.

No se trata de competir entre luchas. Se trata de no olvidar que el racismo fue el molde original del sistema de exclusiones que aún sufrimos. Es urgente reconocerlo, decirlo en voz alta y desmantelarlo en sus formas más sutiles: en la publicidad, en el lenguaje, en la política, en las escuelas, en la cultura. Mientras sigamos creyendo que la injusticia es solo una cuestión de género o de clase, seguiremos dejando intacto el corazón del problema: un sistema que decidió hace siglos que unos cuerpos valen más que otros, y que esa mentira aún se paga con vidas y con silencios.

Solo enfrentando esa verdad podremos aspirar, algún día, a una justicia real, completa, y no a una igualdad parcial, que deja a los más vulnerables exactamente donde siempre han estado: al margen del centro, al margen del poder, al margen de la dignidad.

Por: Angel Flores

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