MÁS QUE UN EXPEDIENTE

INOCENTES ENCARCELADOS EN MÉXICO

En México, la prisión no siempre significa justicia. En un país donde el miedo y la impunidad se entrelazan con la rutina institucional, la cárcel se ha convertido no solo en el castigo de los culpables, sino también en el infierno de miles de inocentes. Porque sí, existen delincuentes que deben pagar por sus crímenes. Pero también, y de manera brutalmente silenciosa, hay hombres y mujeres que viven tras las rejas sin sentencia, sin pruebas sólidas, y sin el amparo de un sistema que debería protegerlos.

La tragedia no está solo en la detención, sino en todo lo que se pierde dentro de esos muros: familias rotas, salud mental destruida, juventud consumida, futuros cancelados. En México, más de 94 000 personas están privadas de la libertad sin haber recibido una sentencia. Eso equivale al 41 % de toda la población penitenciaria del país. En estados como Tlaxcala, esta cifra se dispara hasta el 70 %. No son excepciones, son síntomas.

Según la Encuesta Nacional de Población Privada de la Libertad, el 44 % de los presos afirma haber sido acusado falsamente. El 60 % declara haber sido golpeado o torturado por las autoridades. Casi la mitad fueron detenidos sin orden judicial, violando el debido proceso desde el primer momento. Entre 2006 y 2019 se documentaron más de 570 casos de tortura vinculados directamente con acusaciones penales. Y en el Estado de México, entre 2011 y 2018, se denunciaron más de 4 500 casos de fabricación de culpables, muchos con pruebas sembradas, otros con confesiones arrancadas entre golpes y amenazas.

Todo esto muestra una realidad brutal: en México, ser inocente no te garantiza la libertad. La justicia se convierte en una ruleta rusa. Si eres pobre, si no tienes un buen abogado, si no tienes contactos, el sistema puede tragarte vivo. Muchos presos conocen a su defensor público el mismo día del juicio, si es que llegan a tener juicio. Mientras tanto, la vida sigue pasando afuera, y adentro el tiempo se detiene sin respuestas.

La cárcel se ha vuelto un vertedero de inocentes atrapados en errores judiciales, indiferencia institucional o corrupción descarada. Es urgente alzar la voz por todos ellos, por quienes viven condenas que no les corresponden, por quienes han sido olvidados por el país que debía protegerlos. No se trata de justificar a los verdaderos culpables, sino de denunciar que hay quienes pagan crímenes que no cometieron solo por estar en el lugar equivocado, con el rostro equivocado, en el sistema equivocado.

En México, la libertad no se pierde solo por delinquir, también se pierde por carecer de recursos, de voz y de defensa. Y eso, más que un error judicial, es una forma de violencia sistemática. La justicia no puede seguir encarcelando inocentes para simular que funciona. Porque cada persona inocente tras las rejas es una herida abierta en la conciencia de un país que se dice democrático.

Por: Roberto Flores Piña

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