La madrugada del 22 de junio marcó un nuevo capítulo en las tensiones globales. Estados Unidos lanzó un ataque directo contra tres instalaciones nucleares en Irán, entre ellas Fordow, Natanz e Isfahán. Horas después, Irán respondió bombardeando una base estadounidense en Qatar. Este cruce de fuego real entre dos potencias ha revivido un viejo temor colectivo: el inicio de una Tercera Guerra Mundial.
La pregunta no es sencilla. Por un lado, los hechos son innegables: hay fuego cruzado, amenazas mutuas, discursos agresivos y un ambiente regional en ebullición. Por otro lado, la historia nos enseña que los conflictos localizados no siempre escalan a guerras mundiales, aunque sí pueden tener efectos globales. La diferencia entre un conflicto regional y una guerra mundial radica en el número de actores directos involucrados, en la intención de expansión bélica y en la movilización internacional, elementos que aún no están plenamente presentes.
Sin embargo, lo que sí está sobre la mesa es la forma en que las guerras han sido usadas históricamente. Más allá de los discursos de defensa, paz y soberanía, muchas guerras han servido como excusa para el control de recursos, la redirección de crisis internas o la ocupación estratégica de territorios. No es casual que en medio de estos ataques se mencionen refinerías, rutas petroleras y zonas geopolíticas clave como el Estrecho de Ormuz, por donde transita más del 20% del petróleo mundial.
Este nuevo enfrentamiento recuerda que las guerras casi nunca inician con un aviso claro. No comienzan con declaraciones oficiales de guerra, sino con acumulación de tensiones, provocaciones, propaganda y acciones militares que poco a poco escalan sin freno. Lo que hoy parece una respuesta militar puntual podría mañana transformarse en una cadena de eventos impredecibles.
Hablar de una Tercera Guerra Mundial aún puede parecer alarmista, pero tampoco se puede descartar sin más. El mundo está atravesado por una inestabilidad creciente, por intereses encontrados y por una peligrosa normalización de la violencia en los discursos de poder. La verdadera amenaza no es solo el misil que cae, sino el silencio ante su impacto, la indiferencia global, y la narrativa constante de que la guerra es inevitable o necesaria.
El futuro inmediato depende de la moderación, pero también de la conciencia colectiva. Más que preguntar si habrá una guerra mundial, deberíamos preguntarnos cómo evitarla y cómo desenmascarar los intereses que muchas veces la promueven en nombre de la paz.
Por: Angel Flores
