México no es un país pobre. Es un país empobrecido. Esa afirmación, por dura que parezca, resume con precisión la paradoja que nos define: una nación rica en recursos naturales, biodiversidad, petróleo, minerales, turismo, gente talentosa y una ubicación geográfica estratégica, pero atrapada en un desarrollo a medias y un sistema de salud fragmentado y crónicamente enfermo.
¿Cómo es posible que un país con todo para prosperar siga viendo cómo millones de sus ciudadanos mueren esperando una consulta, compran medicinas de su bolsillo o ven a sus hijos crecer sin vacunas completas?
México tiene todo para competir entre los grandes. No hay escasez de petróleo, litio, sol para generar energía, tierras fértiles, ni mucho menos de capacidad humana. Lo que falta no son recursos naturales. Lo que falta es voluntad política, continuidad institucional y una visión de Estado que ponga al ciudadano en el centro, y no al partido en turno.
El sector salud es el mejor termómetro para medir el desarrollo de un país. Y en México, la fiebre es alta. A pesar de múltiples reformas que prometieron cambios (Seguro Popular, INSABI, IMSS-Bienestar), la atención médica sigue siendo desigual, insuficiente y muchas veces inhumana.
Este año, el presupuesto federal destinado a la salud tuvo un recorte real de más del 11%. Mientras tanto, el financiamiento a partidos políticos y el gasto operativo del Congreso siguen creciendo. El gasto público en salud apenas representa el 2.5% del PIB, muy lejos del 6% recomendado por la OMS y abismalmente por debajo de países como Dinamarca, que destinan más del 9%.
Peor aún, más del 45% del gasto en salud en México proviene del bolsillo del ciudadano. Esto significa que el acceso real a la salud sigue estando condicionado al dinero, y no al derecho. En Dinamarca, nadie se arruina por enfermarse. En México, una operación puede significar vender la casa o dejar de comer durante semanas. La salud pública no solo es un servicio: es un indicador ético. Muestra cuánto vale realmente una vida humana para el Estado.
¿Cómo podemos hablar de progreso cuando una mujer indígena en la sierra de Oaxaca camina cinco horas para que le tomen la presión, mientras un senador en la capital cobra más de 150,000 pesos mensuales y tiene seguro médico privado de élite?
Otro reflejo del rezago es el abandono sistemático de la ciencia y la investigación médica. El gasto en innovación y tecnología en México es insignificante comparado con países que han entendido que el desarrollo se construye con laboratorios, no con discursos. No se trata solo de vacunas o de nuevos aparatos: se trata de formar más médicos, equipar hospitales rurales, y evitar que nuestros profesionales de la salud emigren por falta de oportunidades.
Lo más preocupante es que cada seis años se reinventa el sistema de salud como si el cuerpo de la nación pudiera aguantar cirugías interminables sin sanar nunca. No hay continuidad. No hay políticas de Estado a largo plazo. Solo hay programas con nuevo logo y propaganda electoral. Un país no puede desarrollarse si la vida y la muerte dependen de la suerte, la geografía o la afiliación política. La salud no puede ser vista como gasto: es la inversión más estratégica que un país puede hacer.
México no está destinado al subdesarrollo. Ha sido empujado hacia él por decisiones políticas miopes, por un modelo económico desigual y por una corrupción que carcome sus instituciones desde dentro. Pero el país sigue de pie, latiendo en cada médico que opera con lo que tiene, en cada enfermera que atiende con humanidad aunque falten recursos, en cada ciudadano que exige su derecho a vivir dignamente.
Es momento de entender que sin salud no hay futuro, sin bienestar no hay nación. La riqueza no sirve de nada si no salva vidas. Y México, si quiere verdaderamente desarrollarse, debe empezar por curarse a sí mismo.
Por: Angel Flores
