En muchas colonias, barrios y comunidades de México, se repite una escena común: casas con patios repletos de perros, azoteas convertidas en jaulas improvisadas, hogares donde los maullidos y ladridos son el único lenguaje de quienes viven encerrados sin voz ni libertad. A simple vista, podría parecer un acto noble, un gesto de bondad hacia los animales. Sin embargo, detrás de esta acumulación se esconde una verdad incómoda: no es amor, es negligencia emocional. Es ego con forma de compasión.
El amor verdadero no se mide por la cantidad de animales que una persona dice haber “rescatado”, sino por la calidad de vida que puede garantizarles. En México, más de 23 millones de perros y gatos viven en las calles, y el 70 % de ellos alguna vez tuvieron dueño, según datos de la organización Animal Heroes y del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI). Muchos fueron abandonados, pero otros viven atrapados en condiciones igual o más inhumanas, encerrados por personas que no tienen los recursos económicos, el espacio ni los conocimientos para brindarles cuidados dignos.
Una reciente investigación del Instituto Belisario Domínguez del Senado de la República indica que 7 de cada 10 mascotas en el país sufren algún tipo de maltrato, y uno de los más comunes es la negligencia estructural: falta de comida, agua limpia, atención médica, esterilización y afecto real. La mayoría de estas situaciones ocurren dentro de casas particulares, no en la vía pública, lo que convierte este problema en un fenómeno silencioso, invisible, y socialmente tolerado.
En Hidalgo, el problema no es menor. En el año 2024, se reportaron oficialmente 312 denuncias por maltrato animal ante la Procuraduría General de Justicia del Estado. De ellas, solo 35 fueron judicializadas, y apenas 5 terminaron en sentencia. Es decir, menos del 2 % de los casos alcanzaron una consecuencia legal. En municipios como Tulancingo y Pachuca, las organizaciones civiles denuncian que muchos animales “con dueño” viven en condiciones de abandono dentro del propio hogar: atados en azoteas bajo el sol, amarrados a árboles con cadenas oxidadas, alimentados cada tercer día con sobras. Vivos, sí. Pero sin libertad, dignidad ni cuidado.
El problema es profundo, porque tiene raíces culturales. Se nos ha enseñado que los animales son cosas que se tienen, que se coleccionan, que se dan como regalo o se acumulan como si fueran trofeos de empatía. La idea de que “rescatar muchos” es sinónimo de bondad ha sido aplaudida sin reflexión. Pero en la práctica, muchas personas se convierten en acumuladores emocionales de seres vivos, y lo hacen bajo una falsa bandera de amor. Sin embargo, tener diez, quince o veinte perros en un solo patio sin esterilizar, sin control sanitario, sin comida suficiente ni atención veterinaria, no es salvarles la vida: es prolongar su sufrimiento.
Las autoridades locales han hecho esfuerzos limitados. En Hidalgo, aunque el maltrato animal está tipificado como delito desde 2017 y fue reforzado en 2024 con penas de hasta 4 años de prisión por causar la muerte de un animal con crueldad, la falta de reglamentos municipales y la escasa capacitación policial hacen que las leyes sean letra muerta. Solo 5 de los 84 municipios cuentan con reglamentos de protección animal. Los demás carecen incluso de protocolos básicos para atender denuncias.
El abandono también se ha sofisticado: ahora no siempre se da en la calle, sino dentro de casa. Un perro encerrado de por vida en una azotea no está mejor que uno abandonado en un lote baldío. Un gato que vive sin atención médica, rodeado de basura y otros animales enfermos, no está “salvado”, está atrapado. Y muchas veces, sus cuidadores ni siquiera lo ven como un ser con derechos, sino como un símbolo de su bondad personal.
En paralelo, las redes sociales han exacerbado esta confusión. Hay quienes adoptan animales solo para compartir su historia en internet, sin comprometerse a esterilizarlos, vacunarlos o brindarles una vida social sana. El egoísmo se disfraza de activismo. Se presume tener muchos perros o gatos como si fuera una medalla, sin asumir las consecuencias éticas de esa elección.
Amar verdaderamente a los animales implica responsabilidad, y eso conlleva saber cuándo decir “no puedo con más”. Implica también tener el valor de denunciar a quienes, con buena intención, están causando daño. Porque sí, la negligencia también es maltrato, y el exceso también es abandono.
Mientras México no rompa con esta lógica posesiva y paternalista hacia los animales, seguiremos fallando. El verdadero respeto empieza por reconocer que los animales no son cosas, no son objetos de empatía, ni oportunidades para validarnos socialmente. Son seres vivos con derecho a una vida libre de sufrimiento, y no meros instrumentos para calmar nuestra conciencia.
La dignidad no se acumula, se garantiza. Y el amor no se mide en cantidad, sino en compromiso.
Por: Roberto Flores Piña
