En México, millones de personas atraviesan su día a día con una sensación cada vez más extendida pero poco nombrada: la de vivir en automático. Despertarse antes del amanecer, enfrentar traslados eternos, trabajar jornadas monótonas y regresar a casa sin energía ni tiempo real para sí mismos se ha vuelto la rutina de buena parte de la población. No se trata solo de cansancio físico, sino de un desgaste profundo, casi existencial. La monotonía, ese estado en el que todo se repite y nada cambia, se ha instalado como forma de vida para muchos, y lo más grave es que pareciera no haber salida fácil.
En un país donde incluso conseguir un buen empleo es un reto diario, romper con la rutina se convierte en un lujo. No es simple decir “renuncia” o “cambia de trabajo” cuando el desempleo, la informalidad o los bajos salarios presionan desde todos los frentes. La gente no elige vivir así, simplemente sobrevive. Y esa sobrevivencia se lleva poco a poco la curiosidad, la alegría y la capacidad de preguntarse si hay algo más allá.
Los datos no mienten. Cerca del 40 % de los trabajadores mexicanos reporta niveles severos de estrés laboral, el 25 % sufre trastornos de ansiedad, y al menos 6 % padece depresión. Las cifras no reflejan solo malestar individual, sino un sistema que no permite respirar. A esto se suma el tiempo de traslado: en ciudades como la CDMX, se pueden invertir hasta 480 horas al año en ir y venir del trabajo. En estados como Hidalgo, hay personas que dedican hasta 7 horas diarias solo en transporte. No es exageración: es el precio diario que muchos pagan por mantenerse empleados.
Vivir así tiene consecuencias invisibles pero profundas. El cuerpo acumula tensiones, el sueño se vuelve inquieto, la mente se apaga. La gente deja de hacerse preguntas, de mirar con interés, de imaginar algo distinto. Se pierde lentamente el sentido. Vivir en automático es, al final, una forma silenciosa de desaparecer.
Pero aunque el sistema oprime, hay formas de resistir desde lo cotidiano. No siempre se puede cambiar de trabajo, pero sí cambiar la forma de habitar el día. Aprovechar los trayectos para aprender, escuchar, reflexionar. Dedicar aunque sea quince minutos a algo propio: una lectura, una caminata, una conversación que no sea sobre trabajo. Cambiar la ruta, el ritmo, el orden de las cosas. Romper con el piloto automático no siempre requiere un salto, a veces basta con un desvío.
La monotonía no solo es el enemigo de la creatividad, también lo es de la vida misma. Y en un país que muchas veces obliga a sobrevivir, recordar que aún se puede vivir —aunque sea a ratos— es un acto de rebeldía necesario. Porque no nacimos solo para cumplir horarios, sino para encontrar sentido en lo que somos y hacemos.
Por: Angel Flores
