Por: Luis Roberto Flores
En la actualidad, prender la televisión o abrir una plataforma de streaming se ha convertido en un acto de alto riesgo si en casa hay menores de edad. No por cuestiones técnicas ni sanitarias, sino por el tipo de contenido que se presenta sin el más mínimo filtro. La música, los programas de entretenimiento e incluso las caricaturas, han dejado de ser espacios seguros para los niños y adolescentes. Lo preocupante no es sólo la falta de censura, sino la normalización de temas y conductas que, lejos de educar o enriquecer, distorsionan la formación de criterio y valores.
La sexualización prematura del contenido es una de las mayores amenazas. Basta con observar los videoclips musicales más populares: coreografías explícitas, letras cargadas de insinuaciones y una estética donde lo sexual ha dejado de ser sutil para convertirse en el eje principal del «entretenimiento». Artistas que encabezan listas globales construyen sus imágenes en torno al deseo y la provocación, sin considerar que gran parte de su audiencia está conformada por menores. ¿Dónde queda la responsabilidad social? ¿Dónde están los filtros editoriales que antes limitaban estos excesos?
Los programas de televisión, redes sociales y plataformas como YouTube o TikTok también alimentan esta exposición temprana. No hay barreras claras entre el contenido adulto y el infantil. La figura del influencer ha reemplazado al educador, y muchos de ellos promueven un estilo de vida vacío, superficial y, en muchos casos, moralmente cuestionable. La moda ahora no es tener talento o principios, sino llamar la atención, a cualquier costo.
A esta problemática se suma una tendencia más reciente, pero igualmente alarmante: la cultura «progress» que impone ideologías y movimientos sociales como si fueran accesorios de temporada. Desde posturas políticas hasta cuestiones de identidad de género o preferencias sexuales, todo se empaca en un discurso que exige aceptación ciega, sin espacio para el análisis o la reflexión crítica. Los menores, aún sin herramientas para discernir, adoptan estas posturas por imitación, por presión social o simplemente por estar «a la moda». Lo que debería ser un proceso de descubrimiento personal se convierte en una carrera por encajar en etiquetas impuestas desde una pantalla.
No se trata de negar el avance de los derechos ni de rechazar la diversidad. El problema radica en la forma irresponsable en que estos temas se presentan al público joven: sin contexto, sin matices, sin orientación. Se sustituye la educación por el espectáculo, el diálogo por el adoctrinamiento visual.
Es urgente recuperar el sentido de responsabilidad en los medios de comunicación. La censura no debe entenderse como represión, sino como filtro ético. No todo debe mostrarse, y mucho menos sin considerar a quién se le está mostrando. La industria del entretenimiento debe asumir su rol como formadora indirecta, y los padres, educadores y legisladores deben exigir estándares más altos.
La infancia no debería pagar el precio del lucro sin límites ni de las modas ideológicas sin fundamento. No podemos seguir permitiendo que una generación entera se eduque a través de algoritmos que priorizan lo viral sobre lo valioso. La libertad de expresión es un derecho; proteger la integridad de los menores, una obligación.
