CUANDO EL DOLOR HUMANO SOLO ENCUENTRA CONSUELO EN LA FE

En un país como México, donde la violencia y la desigualdad se han convertido en parte del paisaje cotidiano, la fe sigue siendo uno de los pocos refugios que le quedan a millones de personas. Más allá de las doctrinas religiosas, la fe funciona como un ancla emocional cuando las estructuras sociales, políticas y familiares no ofrecen respuestas.

Datos del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI) revelan que el 77.7% de la población mexicana se identifica como católica, mientras que un 11.2% profesa alguna otra religión cristiana. Estos números no sólo describen una preferencia religiosa, sino que reflejan la búsqueda constante de esperanza en medio de la adversidad. En un entorno donde según cifras del Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social (CONEVAL), el 36.3% de los mexicanos vive en situación de pobreza, la fe se convierte en una forma de resistencia emocional.

La lógica y la ciencia pueden explicar muchas de las causas que generan las crisis sociales, pero esas explicaciones rara vez bastan para aliviar el sufrimiento cotidiano. Cuando el dolor se instala en lo más íntimo, las respuestas técnicas no llenan el vacío emocional. Las personas no buscan cifras ni teorías, buscan consuelo, buscan un porqué que les permita seguir respirando a pesar de la adversidad.

En contextos donde la violencia es estructural, como ocurre en México, la religión ha sido históricamente un pilar de resiliencia colectiva. La fe permite transformar el dolor en esperanza, no porque resuelva los problemas, sino porque brinda la fuerza para enfrentarlos. Las comunidades más golpeadas por la inseguridad y la pobreza mantienen su cohesión social a través de sus creencias, de sus rituales, de la convicción de que el sufrimiento tiene un sentido más allá de lo visible.

Esto no significa negar la realidad. Las personas saben perfectamente que las injusticias no desaparecen por rezar, pero cuando las instituciones fallan, cuando el apoyo de los cercanos no alcanza, la fe ofrece un refugio interior que sostiene. En un país donde más de 100 mil personas continúan desaparecidas, según cifras oficiales, mantener la esperanza de reencontrarse con sus seres queridos se convierte en un acto de fe más que en una expectativa racional.

Creer, en estos casos, no es un lujo ni un acto de ignorancia, es un mecanismo de supervivencia emocional. La fe actúa como un sostén silencioso que permite resistir cuando todo alrededor parece desmoronarse.

La sociedad mexicana es un testimonio vivo de cómo la fe se convierte en un recurso de resistencia frente a la injusticia y el dolor. Cuando la lógica y la ciencia han dicho todo lo que pueden decir, la fe permanece como ese último hilo que impide que muchas personas caigan en la desesperación absoluta.

Mientras la esperanza esté herida, la fe seguirá siendo un refugio necesario.

Por: Angel Flores

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