¿QUÉ NOS DICEN LOS NOMBRES SOBRE QUIÉNES SOMOS EN MÉXICO?

Nombrar a un hijo en México nunca ha sido un asunto ligero. Desde la Colonia, cuando medio país se llamaba José, María o Guadalupe, hasta la actualidad, en que algunos bebés cargan con títulos dignos de una serie de Netflix, los nombres han funcionado como un espejo de lo que somos y de lo que aspiramos a ser.

Durante siglos, la tradición mandaba: los santos, las vírgenes y los héroes daban identidad. Así nacieron generaciones enteras de Marías del Carmen, José Luises y Juan Carlos que llenaban las aulas y las oficinas. El problema era que si gritabas “¡José!” en la calle, se volteaban cinco al mismo tiempo.

Pero llegaron la televisión, la globalización y, más recientemente, las redes sociales. Y con ellas, la fiebre de la originalidad. Hoy no basta con Sofía o Santiago (los favoritos del INEGI en 2023 junto a Valentina, Mateo y Sebastián), ahora algunos padres quieren nombres “únicos”. Y vaya que lo logran.

El Registro Civil ha recibido joyas como “Mary Joseph”, mezcla anglo-católico que suena a telenovela bilingüe; “Little Town”, que parece más el nombre de un fraccionamiento que de una persona; o “Holy Conception”, que bien podría confundirse con el título de un cuadro barroco. Y si eso parece demasiado, recordemos que también existen casos confirmados como “Cero Cero Tres”, “Aniv de la Rev”, “Batman”, “Facebook”, “Sumisión” o incluso “Xiaomi”, inspirados en fechas, superhéroes o marcas comerciales.

El trasfondo cultural de esta moda es tan contradictorio como fascinante. Por un lado, está el deseo de romper con la monotonía de los Sofías y Santiagos. Por otro, está la influencia de la cultura pop y del inglés como símbolo de estatus. Llamar a una niña Mary Joseph no solo es un guiño religioso: también es una declaración aspiracional que mezcla devoción y cosmopolitismo. Lo mismo pasa con Little Town o Holy Conception, nombres que suenan a traducción automática pero que, para sus padres, encierran un toque de distinción.

La pregunta es si esos niños verán sus nombres como un regalo único o como un lastre burocrático y social. Porque una cosa es querer ser original y otra es condenar a tu hijo a deletrear su nombre en cada trámite. Quizá dentro de unas décadas los nombres más raros se conviertan en piezas de colección cultural, igual que hoy nos sorprende que alguien se llame Refugio, Candelaria o Higinio.

Al final, los nombres en México cuentan una historia de contrastes. Pasamos de las Guadalupes y Josés que reforzaban la fe y la colectividad, a las Sofías y Mateos que nos conectan con la moda global, y de ahí a los experimentos radicales que parecen más ocurrencias que identidades. En medio de esa transición, uno no puede evitar preguntarse: ¿qué buscamos realmente al nombrar a un hijo? ¿Originalidad, pertenencia, fe, prestigio o simple notoriedad? Tal vez todas juntas. Lo cierto es que los nombres son un espejo de nuestras tensiones como sociedad: entre lo tradicional y lo moderno, entre lo local y lo global, entre lo solemne y lo ridículo.

Y mientras tanto, allá afuera alguien responde al nombre de “Holy Conception” sin que se le mueva un pelo.

Por: Roberto Flores Piña

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