5 DE SEPTIEMBRE: DÍA DE LA MUJER INDÍGENA, ENTRE MEMORIA, LUCHA Y RESISTENCIA

Por: Psic. Maurali Vianey Esparza Mejia.

En el marco del Día Internacional de las Poblaciones Indígenas y bajo la declaratoria oficial del 2025 como el Año de la Mujer Indígena en México, se pone de relieve una realidad profundamente ignorada: las múltiples opresiones que viven las mujeres y niñas indígenas en el país. Este año simbólico busca visibilizarlas y urgir a las instituciones y sociedades  en su conjunto a transformar las condiciones estructurales que las excluyen sistemáticamente.
Resulta imposible desligar la experiencia individual del contexto histórico, económico y cultural que la atraviesa. Las mujeres indígenas enfrentan violencias que no sólo afectan su cuerpo y su entorno inmediato, sino también su identidad, sus vínculos sociales y su salud mental. Es en esa intersección donde deben analizarse sus luchas y resistencias
De acuerdo con la Encuesta Nacional sobre la Dinámica de las Relaciones en los Hogares (2021), el 67.7% de las mujeres indígenas ha experimentado violencia de género, en forma psicológica (50.4%), física (36.7%), sexual (41.8%) o patrimonial (28.4%). Estas cifras, alarmantes por sí mismas, adquieren mayor profundidad si se integran factores como la discriminación estructural, la pobreza y el despojo territorial, todos elementos que se retroalimentan entre sí.
En nuestro estado, más del 15% de la población se identifica como indígena (INEGI, 2020), siendo el otomí la lengua más hablada. Sin embargo, las mujeres indígenas siguen subrepresentadas en espacios de toma de decisiones. A pesar de iniciativas comunitarias y colectivas —como en Ixmiquilpan, Cardonal o San Bartolo Tutotepec— las barreras estructurales siguen vigentes.
Casos como el de Lorena Ramírez, mujer rarámuri corredora de talla internacional que vive en pobreza, o el de Eufrosina Cruz, activista zapoteca que desafió las leyes patriarcales de su comunidad, evidencian la tensión entre los logros simbólicos y las estructuras de desigualdad que persisten.
A esto se suman los datos de la Encuesta Nacional sobre Discriminación (2022), que revelan que muchas mujeres indígenas son discriminadas por su vestimenta, lengua o apariencia física. Detrás de estas cifras hay vidas concretas: mujeres que no pueden acceder a servicios de salud por la barrera del idioma, niñas que abandonan la escuela por violencia o matrimonios forzados, lideresas criminalizadas por defender su territorio.
En palabras de Norma Don Juan Cruz, del Consejo de Mayoras de la CONAMI, “no se puede entender la experiencia de una mujer indígena sin considerar la interseccionalidad: no basta hablar de género, también hay que hablar de etnia, clase, contexto geográfico y cultura”.
Un análisis reciente de la Organización Panamericana de la Salud (OPS, 2024) revela una alarmante omisión: solo 14 de 52 encuestas nacionales en América incluyen datos desagregados por etnicidad. Esta invisibilizarían estadística impide diseñar políticas efectivas y culturalmente pertinentes, negando la existencia de violencias específicas que enfrentan las mujeres indígenas.
Ante este vacío institucional, organizaciones indígenas y afrodescendientes han generado sus propios registros y diagnósticos, visibilizando barreras como la discriminación en servicios de salud, la falta de intérpretes o las normas patriarcales que justifican la violencia.
Las mujeres indígenas no sólo sobreviven estas opresiones, sino que las enfrentan desde múltiples frentes. El documental “Lorena, la de los pies ligeros” (Netflix, 2019), muestra a Lorena Ramírez, corredora rarámuri que compite en sandalias y vestido tradicional. Su historia encarna la dignidad y fuerza de las mujeres indígenas, pero también denuncia la precariedad material en la que viven, incluso cuando son reconocidas internacionalmente.
Desde otra trinchera, el poemario “Cuerpo roto” (2024), de Nadia López García, aborda el cuerpo como territorio, dolor y resistencia. Sus versos, cargados de memoria mixteca, retratan heridas históricas transmitidas de generación en generación, proponiendo su transformación en fuerza colectiva.
La lengua indígena, también marginada, se vuelve vehículo de sanación y afirmación cultural. Así lo muestran los poemas multilingües compilados en “Verbo Mirar” (2019), o el podcast bilingüe en triqui y español donde mujeres de Oaxaca relatan sus historias de violencia y migración forzada.
La exclusión también se manifiesta en el ámbito político. Según el Manual para la Participación Política de Mujeres Indígenas (INE, 2016), muchas veces sus liderazgos son deslegitimados incluso dentro de sus propias comunidades. Sin embargo, experiencias como la de Eufrosina Cruz Mendoza, narrada en su libro “Los sueños de la niña de la montaña”, demuestran que la resistencia puede llevar a la transformación.

El Programa de Estancias Posdoctorales para Mujeres Indígenas (PEPMI) ha promovido que investigadoras en áreas STEM puedan usar sus saberes para generar impactos comunitarios. Estas mujeres no sólo investigan: también enseñan, lideran y abren caminos.
¿Y ahora qué?
La Recomendación General No. 39 del Comité CEDAW (2022) establece claramente que los Estados deben atender las violencias contra mujeres y niñas indígenas con enfoque interseccional, cultural y de derechos humanos. Esto no sólo implica prevenir y sancionar la violencia, sino también garantizar su derecho a la libre determinación, a sus tierras, a su cultura y a vivir sin miedo.
El enfoque psicosocial exige escuchar sus voces, reconocer sus luchas y dejar de tratarlas como “vulnerables” para comenzar a verlas como lo que son: resilientes, poderosas y fundamentales en la transformación del país.

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