«LA ASAMBLEA DE LOS CAMALEONES»

Por: Luis Roberto Flores
En una vasta llanura rodeada de cerros áridos y ríos secos, existía un reino llamado Camilandia, habitado por animales de todo tipo. Durante años, el reino fue gobernado por los Leones Dorados, una dinastía antigua que se decía nacida del sol, pero cuya luz solo alumbraba sus propias cuevas doradas. Mientras ellos banqueteaban, el resto del reino se alimentaba de polvo y promesas.

Cansados de los abusos, los animales comenzaron a soñar con un nuevo orden. «¡Basta de rugidos opresores!», decían los ratones, las aves, y hasta los burros, quienes se organizaban en asambleas bajo el árbol del ahuehuete seco.

Fue entonces cuando aparecieron los Camaleones Rojos, pintados de un rojo vibrante, que decían venir del monte de la Esperanza. «¡Nosotros somos diferentes!», gritaban desde las rocas. “¡Venimos del pueblo, como ustedes! ¡Cambiaremos este reino para todos, no solo para unos cuantos!”

Los animales, sedientos de cambio, confiaron en ellos. Les entregaron el mando. Al principio, los Camaleones Rojos imitaban el lenguaje de las ardillas y hasta comían junto a los topos. Iban a los charcos secos, prometían convertirlos en lagunas, y hablaban de justicia mientras agitaban sus colas al viento.

Pero, poco a poco, las cosas comenzaron a oler a farsa.

Los Camaleones empezaron a cambiar de color. Ya no eran tan rojos como antes. Ahora se les veía con tonalidades doradas, muy parecidas a las de los antiguos Leones. A escondidas, se reunían con las mismas hienas que antes decían combatir. Sus cuevas comenzaron a llenarse de brillantes, y las promesas que hicieron se desvanecieron con el sol.

“¡Pero ustedes dijeron que eran del pueblo!”, reclamaron los sapos desde el pantano.

“¡Lo somos!”, respondían los camaleones, ahora con gafas oscuras, «solo que ahora el pueblo somos nosotros».

Mientras tanto, los animales seguían igual: sin agua, sin sombra, sin futuro. Solo con discursos reciclados, y la amarga sensación de haber cambiado de verdugos sin cambiar de destino.

Moraleja:
No todo el que se pinta de rojo es del pueblo. A veces, los impostores solo cambian de piel, no de ambición. El verdadero cambio no viene de los que imitan el lenguaje de los oprimidos, sino de quienes, aún sin colores vistosos, trabajan sin traicionar su esencia.

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