En México la pobreza y la desigualdad siguen generando víctimas que no siempre aparecen en las estadísticas ni en los discursos oficiales: las personas en situación de calle. Según datos del Coneval, en 2024 había más de 38 millones de personas en pobreza multidimensional y siete millones en pobreza extrema, un contexto que empuja a miles a vivir sin techo, sin redes de apoyo y sin derechos efectivos.
En Hidalgo, las organizaciones sociales han advertido que existen al menos mil seiscientas personas en esta condición y que la respuesta institucional es mínima, limitada a programas asistenciales que no logran resolver las causas de fondo. La mayoría de estos hombres y mujeres sobreviven en plazas, mercados y puentes, invisibles para quienes transitan a su lado, hasta que un hecho trágico pone en evidencia la vulnerabilidad en la que viven.
Cuando ocurre una tragedia como la explosión de la pipa en Iztapalapa, que dejó muertos y heridos, los más invisibles son precisamente ellos: quienes no tienen familia que los reclame, quienes no aparecen en ningún padrón y quienes terminan reducidos a un número o ni siquiera eso. Sus muertes se convierten en un dato impreciso, en cuerpos sin nombre que el sistema no sabe cómo registrar porque nunca los reconoció como sujetos de derechos.
Esta realidad muestra un sistema que primero produce víctimas y luego las convierte en victimarios cuando la supervivencia los obliga a delinquir o cuando la sociedad los criminaliza por su sola presencia en las calles. No es casualidad que en muchas ciudades se les trate como estorbo y se les expulse del espacio público, olvidando que detrás de cada persona sin hogar hay una historia de violencia familiar, desempleo, adicciones o abandono institucional.
Hablar de ellos no es romantizar la indigencia, sino reconocer que la indiferencia social y política perpetúa un ciclo donde la víctima termina siendo juzgada más que comprendida. La falta de refugios permanentes, programas de salud mental y acceso real a oportunidades laborales los condena a vivir en un círculo del que es casi imposible salir sin acompañamiento y sin voluntad política.
La crítica debe ir más allá de la caridad ocasional. Entregar una cobija o una moneda puede aliviar el frío o el hambre de una noche, pero no cambia la estructura que los orilla a estar en la calle. Necesitamos políticas públicas reales, con presupuesto, con continuidad, y con un enfoque de derechos humanos que no los reduzca a objetos de asistencia, sino que los reconozca como ciudadanos plenos.
Porque mientras sigamos ignorando a quienes no tienen voz ni techo, cada tragedia en este país seguirá recordándonos que existen mexicanos y mexicanas a quienes el sistema ya les dio la espalda mucho antes de que el fuego, el colapso de una carretera o la explosión de una pipa los alcanzara. La verdadera catástrofe no es solo lo que destruye la infraestructura, sino lo que deshumaniza a los más olvidados.
Por: Angel Flores
