LA CAPITAL QUE DESAPARECE

La Ciudad de México, construida sobre los restos de un antiguo lago, parece avanzar hacia un destino que mezcla ciencia, historia y riesgo urbano: su propio hundimiento podría redefinir su mapa y la vida de sus habitantes. En algunas zonas del centro y oriente de la capital, como Iztacalco, Xochimilco y Tláhuac, la tierra desciende hasta 30 centímetros por año, una cifra que convierte calles, edificios y drenajes en un juego de equilibrio permanente.
El motor de este hundimiento es la sobreexplotación de acuíferos subterráneos.

Cada año, la ciudad extrae entre 1 y 3.8 kilómetros cúbicos de agua, suficiente para llenar cientos de miles de piscinas olímpicas, y con cada litro arrancado al subsuelo, los sedimentos blandos se compactan y el terreno cede. Lo que hoy son grietas en banquetas y hundimientos localizados, dentro de unas décadas podrían ser zonas inhabitables, sumidas en varios metros de subsidencia acumulada.
Los efectos ya se sienten: líneas del Metro deformadas, drenajes colapsados y edificios históricos que requieren reparaciones constantes. Pero el verdadero desafío está por venir. Modelos geológicos proyectan que si continúa la extracción de agua al ritmo actual, algunas áreas podrían hundirse varios metros en los próximos 50 años, obligando a la reubicación de comunidades enteras y a una transformación urbana inédita.
Imagina calles que pierden pendiente, plazas que se convierten en cuencas de inundación y barrios enteros con infraestructura obsoleta.

La ciudad, tal como la conocemos, podría desaparecer lentamente, reemplazada por un paisaje urbano adaptativo, donde sistemas de recarga de acuíferos, drenajes inteligentes y construcciones sobre pilotes sean la norma.


Expertos coinciden en que la acción es urgente: reducir la extracción subterránea, implementar recargas artificiales de acuíferos, modernizar la infraestructura hídrica y replantear la expansión urbana. Cada decisión en los próximos años determinará si la Ciudad de México logra frenar su descenso o si el hundimiento definirá el futuro de millones de habitantes y su patrimonio histórico.


La pregunta deja de ser “si se hundirá” para convertirse en “cómo viviremos mientras lo hace”. La historia de Tenochtitlan sobre un lago podría repetirse, pero esta vez la ciudad moderna debe aprender del pasado para no desaparecer bajo sus propias raíces.

Por: Roberto Flores Piña

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