Por Psic. Maurali Vianey Esparza Mejía.
La violencia ejercida durante la crianza ya sea física, verbal o psicológica deja marcas profundas en niñas, niños y adolescentes, según un informe de UNICEF Uruguay. Entre las consecuencias más frecuentes se encuentran una baja autoestima, sentimientos de soledad y abandono, dificultades para resolver conflictos de forma pacífica, ansiedad, depresión y trastornos en la identidad.
Estas huellas no quedan confinadas al hogar, se extienden al entorno escolar, transformándose muchas veces en violencia escolar, acoso, represión de la expresión individual y reproducción del modelo agresivo como solución ante conflictos.
Los ejemplos recientes en México muestran que estas dinámicas están muy presentes. Las agresiones, humillaciones, negligencias o violencia estructural en escuelas no solo reflejan lo que se vive también en los hogares, sino que además agravan los daños ya existentes.
Un caso reciente ocurrió en Cetis 78, Altamira, Tamaulipas, donde estudiantes agredieron brutalmente al director del plantel luego de una protesta pacífica contra acoso y abusos de autoridad. El hecho, grabado y difundido, evidenció el hartazgo de jóvenes frente a patrones autoritarios en la escuela que no escuchan.
En Sinaloa, Chiapas, Guerrero, Morelos, Tabasco y Baja California, escuelas han cerrado, se han reducido horarios o se ha recurrido a clases en línea debido a la violencia en los alrededores, amenazas, enfrentamientos armados o presencia del crimen organizado.
Historias como la de “Fátima”, una adolescente hospitalizada tras sufrir acoso escolar que derivó en lesiones graves subraya cómo la violencia física y verbal entre pares puede tener consecuencias médicas, emocionales y sociales duraderas.
Las investigaciones de UNICEF señalan que la violencia en la crianza puede generar una baja autoestima, hacer que los niños se sientan inútiles o poco queridos, o bien hiperactivos en busca de atención, y desarrollar ansiedad o depresión. Los casos mexicanos muestran que muchas de esas consecuencias se reproducen en la escuela
Autoestima y soledad: casos de acoso repetido dejan heridas que provocan aislamiento, vergüenza o miedo a acudir a la escuela.
Violencia como modelo: los episodios en los que los alumnos agreden a maestros o compañeros reflejan aquello que han visto en casa o en su entorno, y refuerzan la idea de que la agresión física o verbal es un recurso legítimo para resolver desacuerdos.
Ansiedad, conflictos emocionales y rendimiento: la incertidumbre que genera vivir en zonas inseguras o en escuelas con interrupciones frecuentes (cierres, ausentismo) se suma a la presión por no destacar o no ser objeto de agresiones.
México enfrenta el reto de transformar tanto las prácticas de crianza como las dinámicas escolares para prevenir que la violencia se reproduzca. Algunas posibles líneas de acción son:
Protocolos escolares robustos contra el acoso, con seguimiento real, capacitación docente en resolución pacífica de conflictos, empatía y manejo de emociones.
Intervenciones familiares: apoyo psicológico, programas de formación para padres y madres sobre crianza sin violencia, comunicación afectiva, importancia del reconocimiento emocional.
Seguridad y políticas públicas integrales: se requiere coordinación entre autoridades educativas, de salud y de seguridad para asegurar entornos seguros para niñas y niños.
Visibilizar y denunciar: agilizar mecanismos de denuncia en escuelas, hospitales o instituciones educativas; que los casos de violencia no queden invisibles.
La violencia en la crianza, más allá de ser un problema doméstico, es un detonador de patrones de agresión, exclusión y daño psicológico que se manifiestan claramente en los espacios escolares. En México, los fenómenos recientes de agresión afectan la continuidad educativa, muestran que las consecuencias descritas por UNICEF están presentes, y en muchos casos se exacerban por la falta de atención institucional.
Atender esta realidad no sólo implica reparar daños, sino prevenir que una generación de niñas, niños y jóvenes crezca normalizando la violencia como forma de relación. La educación, familiar, social y escolar debe reconvertirse en espacios de cuidado, escucha y respeto.
