ENTRE PARQUES DE LUJO Y ESPACIOS EN EL OLVIDO

Pachuca de Soto presume en su inventario más de 113 parques y 110 jardines, lo que suma al menos 223 espacios verdes distribuidos en distintas colonias de la ciudad. En papel, esta cifra debería significar una capital con amplias áreas de convivencia, pulmones urbanos y lugares seguros para el esparcimiento de miles de familias. Sin embargo, al recorrer la ciudad se observa una realidad contrastante: mientras algunos parques reciben inversiones millonarias para su mantenimiento, otros son reducidos a basureros improvisados, canchas abandonadas o puntos de encuentro para la delincuencia.
El Parque Cultural Hidalguense, inaugurado recientemente, es un ejemplo de la inversión desigual. Para su construcción se destinaron alrededor de 374 millones de pesos, y su mantenimiento anual oscila entre 11 y 12 millones de pesos, cifra que lo convierte en uno de los espacios más costosos de conservar en el estado. El Parque David Ben Gurión, otro referente de la capital, concentra instalaciones culturales y deportivas de gran atractivo y cuenta con vigilancia constante y mantenimiento regular. Estos parques representan el rostro moderno de Pachuca, una vitrina que se muestra a visitantes y turistas.
El otro lado de la moneda son los parques ubicados en colonias como Cubitos, El Palmar, Piracantos o Santiago Tlapacoya, donde las áreas verdes se encuentran deterioradas: luminarias inservibles, juegos infantiles oxidados, bancas rotas y montones de basura acumulada por la propia ciudadanía. De acuerdo con vecinos, estos lugares no solo han perdido su función recreativa, sino que se han convertido en focos de inseguridad, donde la falta de vigilancia y limpieza favorece la presencia de pandillas, consumo de alcohol y hasta actividades delictivas.
El presupuesto total del municipio de Pachuca para 2025 supera los 1,260 millones de pesos, pero la distribución de los recursos revela un problema estructural: gran parte se concentra en proyectos emblemáticos y en la zona centro, mientras que la mayoría de los parques de barrio dependen de lo poco que puede cubrir la Coordinación de Parques y Jardines, la cual tiene bajo su resguardo más de 200 espacios. Si se hiciera una división simple, cada parque debería recibir al menos una parte proporcional de esos recursos; sin embargo, los testimonios ciudadanos demuestran que esa equidad no existe y que el mantenimiento se aplica de forma selectiva.
El abandono de los parques no puede entenderse solo como una omisión gubernamental. También refleja una sociedad que ha perdido la solidaridad y la educación cívica necesaria para cuidar lo común. Padres que no transmiten a sus hijos el valor de los espacios públicos, jóvenes que encuentran en el grafiti o el vandalismo una vía de expresión ante la falta de oportunidades, y autoridades que prefieren invertir en obras visibles para la fotografía antes que en el rescate silencioso de áreas vecinales.
Expertos en urbanismo coinciden en que la calidad de vida en una ciudad está directamente relacionada con la condición de sus espacios públicos. Estudios del Instituto Mexicano para la Competitividad (IMCO) señalan que los parques en buen estado contribuyen a reducir la violencia y fortalecen el tejido social, pues ofrecen entornos de encuentro y recreación que disminuyen la exclusión. Por el contrario, un parque abandonado multiplica los riesgos: incrementa la inseguridad, reduce el valor de la vivienda en la zona y limita el acceso a espacios de actividad física, con efectos negativos en la salud pública.
Pachuca tiene parques de sobra, pero no todos tienen vida. El contraste es brutal: un parque que cuesta 12 millones de pesos al año en mantenimiento convive en la misma ciudad con otro que apenas conserva una banca de cemento y un par de árboles descuidados. La pregunta no es si hay suficientes áreas verdes, sino qué clase de sociedad se refleja en ellas. El abandono no solo evidencia fallas en la gestión gubernamental, sino también una ciudadanía que ha renunciado al sentido de comunidad y que ha normalizado el deterioro de lo común.
La ciudad que se construye desde los parques es la misma que se refleja en sus habitantes. Un espacio cuidado significa respeto, cohesión y futuro compartido; un espacio abandonado significa desinterés, individualismo y pérdida del tejido social. Pachuca necesita más que nuevos proyectos millonarios: requiere recuperar la solidaridad de su gente y una administración que entienda que cada parque olvidado es un recordatorio de la ciudad que no queremos ser.

Por: Roberto Flores Piña

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