Ir en el transporte público tiene su propio tipo de entretenimiento: conversaciones ajenas que se cuelan entre el ruido del motor y las paradas. Dos personas discuten con absoluta seguridad sobre política, salud o historia, afirmando cosas que sabes que no son ciertas. Hablan tan convencidas que por un momento dudas tú mismo. Escuchar eso puede ser gracioso, pero también inquietante, porque muestra una realidad más profunda: mucha gente no solo se equivoca, sino que ni siquiera se da cuenta de que lo hace.
Creer estar en lo correcto es una sensación poderosa. Nos da seguridad, nos hace sentir inteligentes, pero también nos puede cerrar los ojos. Lo curioso es que, mientras menos sabemos de un tema, más fácil es que pensemos que lo dominamos. Pasa en todos lados: alguien que apenas leyó un post ya se siente experto en vacunas, economía o leyes. Y cuando esa confianza se combina con la costumbre de hablar sin escuchar, el resultado es una bola de nieve que crece rápido.
Lo peor es que las personas seguras suelen convencer más. En una conversación, la forma en que se dice algo pesa más que el contenido. Quien habla firme y sin titubear parece más confiable, aunque diga disparates. Por eso muchas veces ganan las opiniones más escandalosas, no las más razonadas. Repetir algo con convicción, aunque sea mentira, hace que otros lo empiecen a creer.
Durante la pandemia se vio con claridad. Miles de personas compartieron rumores sobre el virus o las vacunas sin saber si eran ciertos, pero con tono de verdad absoluta. Esa confianza mal informada tuvo consecuencias reales: gente que no se vacunó, tratamientos inútiles, miedo colectivo. Lo que comenzó como simples opiniones terminó afectando la salud de millones.
Y esto no solo pasa en temas grandes. Pasa todos los días, en charlas de sobremesa, en grupos de WhatsApp, en el transporte. A veces escuchas a alguien decir algo tan absurdo que te causa risa. Pero otras veces, esa misma forma de pensar —esa mezcla de ignorancia y seguridad— puede volverse peligrosa, sobre todo cuando llega a personas con poder o influencia.
Vivimos tiempos donde todos tienen una voz y una red social para usarla. Eso es bueno, pero también implica una responsabilidad: pensar antes de hablar, dudar antes de afirmar, y no repetir todo lo que suena convincente. Aprender a decir “no sé” debería ser visto como un signo de inteligencia, no de debilidad.
Así que la próxima vez que escuches en el camión a alguien explicar con certeza cómo “los celulares espían el cerebro” o que “la vacuna fue un invento de los ricos”, respira hondo. No todo merece discusión, pero tampoco indiferencia. Porque el precio de creer estar en lo correcto sin saber es alto: se paga con desinformación, con miedo y, a veces, con vidas.
La ignorancia convencida puede parecer inofensiva, pero cuando se multiplica, puede mover al mundo en la dirección equivocada. Por eso, antes de repetir algo con seguridad, vale la pena preguntarse: ¿y si estoy equivocado?
Por: Roberto Flores Piña
