Por: Luis Roberto Flores Islas
Mientras los fuegos artificiales iluminan el cielo de Pachuca y el escenario principal de la Feria de San Francisco 2025 vibra con los gritos eufóricos de miles de asistentes, a pocas horas de distancia, comunidades enteras del estado de Hidalgo lloran a sus muertos. Veintiún personas han perdido la vida a causa de las lluvias torrenciales que azotaron la región; una tragedia anunciada y, sin embargo, ignorada.
La brecha entre la realidad de los festejos y el dolor que embarga a muchas familias hidalguenses no podría ser más cruel. Es como si en este estado existieran dos mundos paralelos: uno donde el derroche, los espectáculos y la música popular distraen a la ciudadanía; y otro, donde la falta de atención gubernamental cobra vidas humanas.
Desde hace años, se han identificado zonas de alto riesgo en distintas regiones del estado. Puentes debilitados, ríos cuyo cauce ha sido alterado o descuidado, cerros que muestran señales de erosión crítica… Y, sin embargo, las autoridades han preferido postergar el mantenimiento y monitoreo de estas áreas, apostando a que la próxima temporada de lluvias no traerá consigo una desgracia. Esta vez, la apuesta salió cara.
Mientras cientos de millones de pesos se invierten en la renovación de espacios para la feria, en la contratación de artistas algunos de ellos con letras que rayan en la apología del crimen organizado—, y en la promoción del evento como “la mejor feria del centro del país”, las comunidades rurales y zonas vulnerables del estado permanecen marginadas, invisibles, y, en muchos casos, olvidadas por completo.
No se trata de estar en contra de la celebración de tradiciones o del entretenimiento popular. La cultura también es una forma de cohesión social. Pero en un estado donde los recursos son finitos y donde los riesgos naturales están bien documentados, no puede haber prioridades invertidas. No puede justificarse el espectáculo mientras hay muertos que pudieron haberse salvado con prevención, con mantenimiento, con una mínima voluntad política.
La tragedia reciente no solo es natural: es institucional. Es el resultado de una política de indiferencia, de una administración que opta por el aplauso fácil del evento multitudinario en vez de la difícil pero vital tarea de cuidar la vida de sus ciudadanos.
Y lo más doloroso es que esto se perpetúa porque la ciudadanía intencionalmente o no juega el juego del “pan y circo”. Mientras haya música, luces y un poco de olvido temporal, lo importante puede quedar en segundo plano. Pero ¿cuánto vale una vida? ¿Cuánto cuesta un puente que no colapse? ¿Cuánto representa el silencio de una familia que hoy no tiene más que luto?
Hidalgo no necesita más espectáculos. Necesita responsabilidad, previsión y gobiernos que pongan la vida por encima del show. Y eso, tristemente, no se celebra en ninguna feria.
LA OTRA CARA DE HIDALGO TRAS LAS LLUVIAS
