Las recientes inundaciones que golpearon a Veracruz, Hidalgo y Puebla dejaron tras de sí un paisaje de destrucción, angustia y desperanza. Las lluvias torrenciales arrasaron viviendas, caminos y cosechas, dejando a miles de familias sin hogar y a comunidades enteras incomunicadas. La magnitud del desastre movilizó a cuerpos de rescate, voluntarios y organizaciones civiles, pero también a políticos, influencers y figuras públicas que encontraron en la tragedia una nueva oportunidad para mostrarse ante la cámara.
En redes sociales, el dolor se mezcló con los filtros y las poses. Las imágenes de personas entregando despensas o posando entre el lodo se viralizaron con rapidez, mientras las zonas más afectadas seguían esperando ayuda real. La tragedia se convirtió en un escaparate, y la empatía en una puesta en escena. La solidaridad, que debería ser un acto genuino, se transformó en contenido.
En Poza Rica, Veracruz, los habitantes aún luchan por recuperar lo poco que les dejó la corriente, pero los videos que circularon no siempre mostraban el esfuerzo colectivo sino la imagen “correcta” del momento. En Hidalgo, los damnificados se quejan de que la ayuda no llega con suficiente rapidez, aunque las fotos oficiales ya presumen entrega de víveres. La devastación en la Sierra Norte de Puebla evidenció lo mismo: muchas manos para la foto, pocas para reconstruir.
El fenómeno no es nuevo, pero cada desastre lo hace más visible. Las redes sociales han convertido el acto de ayudar en un gesto público, en una estrategia para ganar aprobación o seguidores. Influencers que documentan cada paso, funcionarios que llegan con cámaras antes que con apoyo logístico, brigadas improvisadas que priorizan el contenido sobre la organización. No se trata de negar que la exposición puede motivar donaciones o visibilizar la emergencia, sino de preguntarse qué sucede cuando el protagonismo sustituye a la intención.
Porque detrás de cada selfie en una zona de desastre hay un dilema ético: ¿se ayuda al otro o a la propia imagen? La cámara no es el problema, sino el uso que se hace de ella. Si la foto sirve para informar, inspirar o coordinar apoyo, cumple una función social; pero si se toma para alimentar el ego o lavar la imagen pública, se vuelve un acto de vanidad disfrazado de bondad.
Mientras tanto, los damnificados siguen esperando lo esencial: refugio, alimento, salud y acompañamiento. La ayuda que más se necesita no es la que se publica, sino la que se mantiene cuando las cámaras se apagan. Esa que no busca reconocimiento, sino resultados.
Ayudar debería ser un acto de humanidad, no de mercadotecnia. Las inundaciones en Veracruz, Hidalgo y Puebla nos recuerdan que el país sigue siendo solidario, pero también que esa solidaridad se ha contaminado con la necesidad de ser vista. Porque cuando la tragedia se convierte en escenario, la empatía pierde sentido. La verdadera ayuda no necesita una foto: necesita quedarse después del clic.
Por: Roberto Flores Piña
