EL PELIGRO DE LA DESINFORMACIÓN DISFRAZADA DE AUTODIAGNÓSTICO

Por: Luis Roberto Flores Islas

En la era digital, donde el acceso a la información es inmediato, paradójicamente, la verdad parece más frágil que nunca. Cada vez es más común encontrar personas que, tras ver un video de 30 segundos en TikTok o leer un hilo en X (antes Twitter), aseguran padecer trastornos psicológicos, enfermedades crónicas o tener certezas absolutas sobre complejos temas políticos. Se autodiagnostican, se educan superficialmente y luego se convierten en voceros de información no solo errónea, sino peligrosa. Y todo esto sucede al margen de la ciencia, la medicina y el periodismo serio.

Este fenómeno no es menor. La autoevaluación médica y psicológica basada en publicaciones virales no solo banaliza condiciones reales que requieren atención profesional, sino que también alimenta una cultura de ignorancia disfrazada de conocimiento. Trastornos como el TDAH, la ansiedad, el trastorno límite de la personalidad o incluso enfermedades como la fibromialgia o el síndrome de ovario poliquístico son tratados con una ligereza alarmante por “influencers de salud” sin formación médica ni ética profesional.

El problema no radica únicamente en que una persona se convenza de padecer algo que quizás no tiene. El verdadero riesgo se manifiesta cuando esa persona comienza a divulgar su «experiencia» como si fuera verdad absoluta, generando una cadena de desinformación que atrapa a otros en la misma ilusión. Lo que empieza como una búsqueda personal de respuestas, termina en una suerte de evangelización basada en falacias, interpretaciones erróneas y datos no verificados.

Esto se agrava cuando la misma lógica se aplica a temas políticos. Las redes sociales se han convertido en el escenario perfecto para la proliferación de teorías conspirativas, discursos de odio y noticias falsas. Videos editados fuera de contexto, artículos manipulados y declaraciones de «expertos» sin credenciales creíbles circulan con más velocidad que cualquier desmentido oficial. Y una vez que alguien cree en una mentira, revertir esa creencia se convierte en una batalla cuesta arriba.

Es necesario entender que consumir contenido en redes sociales no equivale a investigar. Tener muchos seguidores no convierte a alguien en una fuente confiable. Y repetir una información no la vuelve verdadera. La salud mental, física y el pensamiento crítico no pueden quedar en manos del algoritmo.

Las plataformas digitales, si bien han democratizado la información, también han dado voz y poder a quienes lucran con la ignorancia ajena. Frente a esto, el papel de los medios tradicionales, los profesionales certificados y las instituciones educativas cobra una importancia aún mayor. La alfabetización mediática y digital debería ser una prioridad social: saber distinguir entre una fuente confiable y un charlatán debería enseñarse tan temprano como la lectura y la escritura.

No se trata de menospreciar la necesidad de las personas por entenderse a sí mismas o encontrar respuestas a sus problemas. Pero sí de advertir que la validación personal no puede construirse sobre mentiras colectivas. La búsqueda de identidad, salud y sentido debe transitarse con responsabilidad y, sobre todo, con una conciencia crítica que no se deje engañar por quien grita más fuerte en lugar de quien sabe más.

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