Por Psic. Maurali Vianey Esparza Mejía
Desde los primeros contactos coloniales hasta la globalización actual, México ha sido escenario de intensos procesos de mestizaje cultural. Como afirma Ezequiel Ander Egg “El cruzamiento de culturas no sólo es inevitable, sino más intenso que en todas las épocas pasadas”
La psicóloga Olga Lucía Molano L. Sostiene que los intercambios culturales transforman las costumbres y la autoimagen colectiva. Cuando una comunidad adopta símbolos o valores ajenos, puede experimentar lo que la autora llama “fracturas identitarias”: una sensación de pérdida o confusión respecto a quiénes somos y a qué pertenecemos. “Cuando los referentes culturales se modifican, se debilitan los lazos de pertenencia y se generan sentimientos de extrañamiento y desarraigo”.
En las nuevas generaciones urbanas, celebran tanto el Día de Muertos como Halloween, pero a veces sin conocer el sentido profundo de ninguno. El resultado, es una identidad “fragmentada y transitoria”, moldeada por el consumo y los medios más que por la tradición.
El estudio Influencias de las culturas extranjeras en la cultura mexicana
enfatiza que esta influencia no debe verse como una amenaza: “La cultura mexicana no desaparece, se transforma. Integra elementos ajenos y los resignifica desde su identidad local”. Aunque Halloween provenga de Estados Unidos, en México se fusiona con la costumbre de “pedir calaverita”, manteniendo un vínculo con el Día de Muertos.
En regiones como Hidalgo, Veracruz y San Luis Potosí, el Xantolo combina elementos indígenas y católicos. Las familias preparan ofrendas con tamales, pan, flores y danzas. Es un encuentro entre vivos y muertos, donde “la muerte es celebrada como continuidad de la vida”.
En los últimos años, algunos jóvenes han incorporado disfraces y máscaras inspiradas en Halloween, dando origen al llamado “Xantoween”. Esta fusión, aunque polémica, evidencia cómo las culturas se reinventan sin perder su raíz.
El 1 y 2 de noviembre, México honra a sus difuntos con altares y flores de cempasúchil. Declarado Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad por la UNESCO (2008), el Día de Muertos es hoy un ícono mundial.
El 31 de octubre, miles de niños mexicanos salen a pedir “calaverita”. Esta práctica, adoptada del Halloween estadounidense, ha sido reinterpretada localmente. Según el Dictamen de la Comisión Especial de Nuevas Migraciones en la Ciudad de México los flujos migratorios y la influencia mediática han creado nuevas identidades “híbridas”, donde lo extranjero se asimila sin borrar lo local.
Sin embargo, como señala Stanley Brandes la difusión global de la celebración ha provocado su “folclorización”: un fenómeno donde lo ritual se convierte en espectáculo. La consecuencia social es ambivalente: por un lado, orgullo nacional; por otro, comercialización de lo sagrado.
El desafío está en reconocer la raíz sin renunciar al cambioEn el altar de muertos, en el baile del Xantolo o en la calabaza tallada del Halloween mexicano, persiste un hilo común: el deseo de conexión, de memoria y de celebración compartida.
Las festividades de octubre y noviembre son un espejo de México: diverso, cambiante y orgullosamente mestizo. Revelan las luces y sombras de los intercambios culturales: por un lado, apertura, diálogo y riqueza simbólica; por otro, pérdida de sentido y homogeneización.
La fragmentación identitaria hasta el desarraigo o la reafirmación cultural— muestran que las tradiciones no son solo recuerdos, sino territorios en disputa. En esa tensión, México sigue reinventando su identidad: entre lo ancestral y lo global, entre la muerte y la vida, entre el recuerdo y la transformación.
