LA FÁBULA DEL REINO DE LOS ECOS

Por: Luis Roberto Flores

En el vasto Reino de los Ecos, todos los habitantes repetían lo que escuchaban en los grandes espejos parlantes que cubrían las plazas, las calles y hasta las chozas. Aquellos espejos pertenecían a Don Zorrovox, el más astuto y poderoso mercader de palabras de todo el reino.

Durante años, Don Zorrovox había hecho fortuna vendiendo rumores disfrazados de verdad, adulaciones con forma de noticias y escándalos sazonados con mentiras. Pero un día, las *Arcas del Reino del Norte*, donde guardaba sus monedas, le reclamaron una suma tan grande de intereses que ni mil espejos podrían cubrirla. Si pagaba, perdería su imperio de voces; si no lo hacía, perdería su poder.

—No pienso pagar —dijo Don Zorrovox, con la sonrisa del que sabe que el caos es rentable—. Mejor haré que todos miren a otro lado.

Y así, reunió en secreto a los *Cuervos de la Oposición*, aves oscuras que antaño habían gobernado el Reino de los Ecos antes de ser expulsadas por su corrupción. Juntos planearon un espectáculo digno del mayor teatro del mundo: un caos mediático.

De pronto, los espejos comenzaron a gritar:
“¡Los gobernantes son ladrones!”,
“¡El reino se derrumba!”,
“¡Los líderes conspiran contra el pueblo!”.

La multitud, confundida, repitió las frases como eco, sin saber de dónde venían. Las plazas se llenaron de furia, los mercados ardieron en discusiones, y los pastores abandonaron sus ovejas para gritarle a los molinos.

Mientras tanto, en una torre lejana, El Gran León de Hierro, un tirano extranjero con hambre de tierras, observaba la confusión con una sonrisa.

—Si el Reino de los Ecos se parte en dos, entraré por las grietas —dijo, afilando sus garras.

Y el momento llegó. Uno de los líderes del reino cayó víctima de un misterioso “accidente” —aunque los ecos aseguraban que fue culpa del propio gobierno. Don Zorrovox, con lágrimas falsas en los ojos, transmitió el suceso mil veces, hasta que el pueblo clamó:

“¡Que regresen los antiguos líderes! ¡Ellos sí sabían mandar!”

Y así fue. Los Cuervos de la Oposición regresaron al poder, con trajes nuevos y sonrisas recicladas. El León de Hierro aplaudió desde su trono, sabiendo que el reino ya no necesitaba ser conquistado: se había entregado solo.

Don Zorrovox, satisfecho, contempló su imperio de espejos. Había salvado su fortuna… pero el pueblo ya no distinguía entre reflejo y realidad.

Moraleja:

Cuando los ecos dominan la verdad, los tiranos no necesitan ejércitos: les basta con un buen espectáculo y un pueblo que no quiera pensar.

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