CUANDO LAS AULAS DUELEN: UNA MIRADA AL ACOSO ESCOLAR Y EL CIBERACOSO EN EL DÍA INTERNACIONAL DE LA NO VIOLENCIA

Por Psic: Maurali Vianey Esparza Mejía

Cada primer jueves de noviembre, el mundo conmemora el Día Internacional contra la Violencia y el Acoso Escolar, incluido el Ciberacoso, impulsado por la UNESCO desde 2019.
El acoso escolar —conocido también como bullying— afecta a millones de estudiantes. De acuerdo con un reciente informe de la UNESCO, uno de cada tres alumnos a nivel mundial ha sufrido algún tipo de agresión física o psicológica en el entorno escolar, mientras que uno de cada diez ha sido víctima de ciberacoso.
Realidad alarmante: las aulas y los espacios digitales, que deberían ser entornos de aprendizaje y desarrollo, pueden transformarse en escenarios de sufrimiento silencioso.
Datos recientes del Sistema de Información Legislativa (SIL) estiman que en México cuatro de cada diez estudiantes de nivel básico han sido víctimas de acoso escolar o violencia entre pares. Este panorama subraya la urgencia de fortalecer los protocolos escolares, capacitar al personal docente y promover una cultura de respeto y convivencia pacífica.
La “Guía de Orientación para el Abordaje de Situaciones de Acoso Escolar” elaborada por el Ministerio de Educación de la Provincia de Córdoba, Argentina, destaca que el acoso no debe confundirse con un simple conflicto o discusión ocasional.
Se trata de una conducta reiterada en el tiempo, con un desequilibrio de poder entre quien agrede y quien resulta víctima,  en la que también interviene un grupo de observadores que, con su silencio, pueden reforzar la violencia.
Diversas investigaciones citadas por la UNESCO señalan que las víctimas tienen el doble de probabilidad de experimentar soledad extrema, insomnio o pensamientos suicidas. Además, pueden desarrollar ansiedad, depresión y baja autoestima. En el caso del ciberacoso, las secuelas se agravan, ya que la agresión puede prolongarse sin límite temporal, traspasando las fronteras físicas de la escuela.
La guía cordobesa propone un enfoque de intervención dividido en tres momentos: antes, durante y después del hecho.
En la etapa preventiva, se promueve la creación de vínculos solidarios, la elaboración participativa de acuerdos de convivencia y la educación emocional desde edades tempranas.
Durante la intervención, se recomienda actuar de forma inmediata ante cualquier señal, escuchando tanto a la víctima como al agresor y garantizando la confidencialidad.
El seguimiento posterior debe asegurar que la escuela mantenga una cultura de cuidado y acompañamiento sostenido, evitando la revictimización.
La intervención psicológica no se limita a atender a la víctima, sino que incluye la reeducación de los agresores y el fortalecimiento del clima grupal. Es imprescindible involucrar a las familias, promover la empatía y educar en el uso responsable de las tecnologías, ya que los entornos digitales se han convertido en una extensión de la convivencia escolar.
Es fundamental que las instituciones dejen de naturalizar las agresiones bajo frases como “son cosas de chicos” y asuman su papel como espacios protectores. Reflexionar sobre el tipo de escuela que queremos construir: una donde el respeto, la inclusión y la empatía sean valores cotidianos. Erradicar el acoso no es solo una tarea institucional, sino un compromiso ético y social. Porque ningún aprendizaje es posible cuando el miedo ocupa el aula.

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