México vuelve a apostar por la vieja fórmula: subir impuestos para intentar corregir problemas sociales y reducir fenómenos tan graves como la violencia y la descomposición social. Sin embargo, ante la evidencia, ese camino luce más como un paliativo recaudatorio que como una estrategia real para sanar un país herido. Porque el problema no está en el consumo —ni del refresco, ni del cigarro, ni tampoco de los videojuegos— sino en las condiciones que empujan a miles de mexicanos a la orilla del delito o al borde del abismo económico.
Hoy el gobierno mexicano recauda apenas alrededor del 17.7% del PIB en impuestos, el porcentaje más bajo entre los países de la OCDE. Es cierto: México necesita más ingresos públicos; así lo demuestran las comparaciones internacionales y la magnitud de las necesidades nacionales. Pero también es cierto que recaudar más no basta. La pobreza laboral alcanzó 35.1% en 2025; más de la mitad de los trabajadores está en la informalidad; y la violencia ha crecido 54.7% desde 2015, alimentada por la expansión del crimen organizado que ya opera ampliamente en el territorio nacional.
Bajo estas condiciones, ¿de verdad alguien puede creer que gravar al consumidor común frenará la violencia? ¿O que un joven sin oportunidades, con educación insuficiente y sin alternativas laborales elegirá el salario mínimo por encima del “empleo” que ofrece el crimen organizado? La economía ilegal en México no crece porque haya videojuegos violentos, sino porque hay pobreza, falta de empleos dignos, abandono social y territorios donde el Estado llega tarde o no llega.
Subir impuestos es la vía más sencilla para un gobierno que necesita dinero inmediato. Es rápido, es visible y parece responsable. Pero atacar el síntoma no elimina la enfermedad. La violencia en México no nace del consumo de productos gravados, sino de un tejido social desgarrado: educación desigual, oportunidades escasas, informalidad estructural, salarios insuficientes, y un crimen organizado que ha penetrado no sólo las calles, sino también las aspiraciones y miedos de comunidades enteras.
Gravar videojuegos “violentos” no desarma cárteles. Subir el IEPS no rescata a un joven que abandonó la escuela por necesidad. Incrementar impuestos no sustituye una política real de prevención, desarrollo social y fortalecimiento institucional. Y si lo recaudado no se distribuye de forma eficaz y transparente, la medida se quedará en un gesto político, no en una transformación social.
México no necesita castigar más al consumidor; necesita construir oportunidades reales. Necesita escuelas fuertes, salarios dignos, seguridad efectiva y programas que reconstruyan la confianza perdida. Necesita que cada peso recaudado sea invertido con inteligencia y justicia, no diluido entre burocracia, ocurrencias y clientelismo.
Incrementar impuestos puede ser parte de la solución fiscal. Pero creer que eso resolverá la violencia es como poner una curita sobre una fractura abierta. La verdadera herida del país sigue latiendo debajo: desigualdad, abandono y falta de futuro para millones. Mientras esas causas no se atiendan, ninguna tasa impositiva hará lo que sólo una visión profunda, humana y estratégica puede lograr: devolverle al país la paz que merece y el futuro que le fue arrebatado.
Por: Roberto Flores Piña
