Desde finales de octubre, los pasillos de supermercados, tiendas departamentales y hasta los pequeños comercios locales comienzan a cubrirse de luces, árboles, esferas y ofertas navideñas. Mientras los altares de Día de Muertos aún conservan flores frescas, los villancicos ya suenan en los altavoces. Un fenómeno cada vez más visible: la Navidad llega antes que diciembre.
Pero, ¿por qué el país vive una temporada festiva adelantada? ¿Es solo una estrategia comercial o refleja algo más profundo en la forma en que los mexicanos consumen, planean y sienten sus celebraciones?
Según datos de la consultora Ernst & Young, más del 56 % de los consumidores mexicanos realiza sus compras navideñas en noviembre, y cerca del 10 % comienza desde octubre aprovechando promociones del Buen Fin y ventas en línea. La Asociación Nacional de Tiendas de Autoservicio y Departamentales (ANTAD) confirmó que tres de cada diez mexicanos adelantan sus compras festivas durante ese periodo.
Detrás de esta tendencia hay una lógica comercial conocida como “Navidad anticipada” o “Christmas Creep”, una estrategia que busca extender la temporada de ventas y activar las emociones de consumo con más anticipación. Cuanto antes se enciendan las luces y se escuchen los villancicos, más tiempo tendrá el consumidor para gastar.
El marketing no solo vende productos, vende estados de ánimo. El ambiente navideño despierta nostalgia, unión y alegría, emociones que los comercios aprovechan para impulsar compras impulsivas. Cuando ves luces y escuchas música navideña, tu cerebro entra en modo celebración. Las personas gastan más porque sienten que están participando en algo especial, explica el economista social Carlos Domínguez, especialista en consumo cultural.
Pero esta emoción también tiene un costo. La Comisión Nacional para la Protección y Defensa de los Usuarios de Servicios Financieros (CONDUSEF) advierte que más del 60 % de los mexicanos usa crédito o adelanta su aguinaldo para financiar compras de fin de año, lo que provoca endeudamiento y presión económica en los primeros meses del siguiente año.
El Buen Fin, creado en 2011 como una versión mexicana del “Black Friday”, se ha convertido en la puerta de entrada al consumo navideño. Aunque originalmente buscaba impulsar la economía formal y ofrecer descuentos, hoy muchas familias lo ven como el inicio de la Navidad. “Antes las compras eran en diciembre. Ahora todo es en noviembre. Si no compras en el Buen Fin, sientes que pierdes la oportunidad”, comenta María Eugenia López, comerciante en Pachuca, Hidalgo. De acuerdo con la agencia Kantar, los mexicanos planean gastar 13 % más en regalos en comparación con el año anterior, y el 73 % destinará su aguinaldo a esas compras.
México es un país donde las festividades se entrelazan: Día de Muertos, Buen Fin, Navidad, Posadas y Año Nuevo coexisten en un lapso de apenas dos meses. El resultado es una superposición cultural donde lo espiritual y lo comercial se confunden. “La globalización ha compactado nuestras celebraciones. Adoptamos calendarios extranjeros, como Halloween y Black Friday, que empujan nuestras propias tradiciones a un segundo plano”, comenta la antropóloga Mariana Ríos, de la UNAM. Este adelanto no solo cambia el consumo, también transforma los rituales sociales y el sentido del tiempo. Las fiestas ya no marcan el cierre del año, sino el inicio del ciclo de consumo siguiente.
El adelanto de las festividades trae consigo contrastes. Por un lado, dinamiza la economía, genera empleo temporal y beneficia al comercio formal e informal. Pero, por otro, acelera el ritmo social, aumenta la presión de gasto y normaliza el endeudamiento. En zonas rurales y urbanas por igual, los pequeños comerciantes también sienten el cambio. Muchos se ven obligados a adaptar su inventario antes de tiempo, mientras que los consumidores enfrentan una temporada larga de tentaciones que puede extenderse hasta Reyes. “Vendo adornos desde octubre porque si me espero, la gente ya compró en línea”, dice don Manuel, dueño de un puesto en el tianguis de Tulancingo.
La anticipación de las fiestas refleja un México moderno, globalizado y emocionalmente vulnerable al consumo. El deseo de celebrar se entrelaza con la ansiedad económica y la búsqueda de estabilidad en tiempos de incertidumbre. Quizás no sea solo consumismo. Tal vez sea una forma de buscar esperanza antes de que llegue diciembre.
El reto está en encontrar equilibrio: disfrutar las festividades sin dejar que el comercio marque el ritmo de nuestra emoción. Planear con conciencia, valorar lo simbólico por encima de lo material. Porque en un país donde la Navidad llega en octubre, la verdadera pregunta es: ¿a quién le pertenece la fiesta, a las familias o al mercado?
Por: Angel Flores
