A veces, cuando pensamos en cómo era la vida antes, sentimos que todo era más sencillo. No porque el mundo fuera perfecto —también había problemas, carencias y momentos difíciles—, sino porque el tiempo parecía moverse distinto. Caminaba con calma. Nos daba espacio para respirar. Había más silencio, más calle, más miradas directas, más conversaciones sin interrupciones. La vida se construía con los vecinos, con la familia, con los amigos de siempre; con esos rituales cotidianos que hoy parecen de otra época: sentarse afuera a platicar, jugar en la calle, conocer a todos en la cuadra, confiar un poco más.
Pero el mundo cambió. Las ciudades crecieron, llegaron las prisas, las pantallas, las notificaciones interminables. En Pachuca, como en muchas otras ciudades, la tecnología se convirtió en parte esencial del día a día. Aunque nos conecta con personas y oportunidades, también nos envuelve en un ruido constante que nos hace sentir que los días pasan volando. Antes, una tarde podía sentirse infinita; ahora, llega la noche y ni siquiera sabemos cuándo se fue el día.
La seguridad también se transformó. Muchas personas recuerdan un pasado en el que se podía caminar de noche con más tranquilidad, dejar la puerta entreabierta o permitir que los niños jugaran afuera sin tanta preocupación. Hoy, la percepción de inseguridad ha aumentado: en Pachuca, alrededor del 50 % de los habitantes mayores de 18 años reportan sentirse inseguros, especialmente en espacios como cajeros automáticos en la vía pública, donde más del 69 % expresa temor, y en el transporte público, donde el 62.8 % dice sentirse vulnerable. Esas cifras no solo son números; reflejan cómo cambiaron nuestros hábitos, nuestras decisiones y la manera en que vivimos el día a día.
Mientras tanto, la ciudad creció. Pachuca superó los 665 mil habitantes y sigue expandiéndose, con nuevos fraccionamientos, más autos, más comercios, más movimiento. Con cada año que pasa, las distancias parecen más largas y el tiempo más corto. La modernidad trajo oportunidades, pero también más prisa.
La música, los gustos y las ideas también cambiaron. Pasamos de melodías románticas, boleros y música tradicional a ritmos urbanos, fusiones electrónicas y letras más directas. La forma de pensar se volvió más diversa, más abierta, más debatida. Eso libera a unos, incomoda a otros, pero deja claro que el mundo no deja de transformarse.
Aun así, no todo cambio es pérdida. Hoy tenemos acceso a información, educación y herramientas que antes parecían impensables. Podemos aprender casi cualquier cosa desde una pantalla, hablar con alguien que está lejos en un instante, emprender desde casa y conocer el mundo sin salir de la ciudad. Son ventajas enormes que otras generaciones no tuvieron.
Entonces, ¿vivíamos más libres antes? Quizá sí… o quizá la libertad siempre ha sido más un sentimiento que una época. Antes había más calma, pero también menos posibilidades. Hoy hay más ruido, pero también más caminos. Cada generación vive su propia mezcla de nostalgia y descubrimiento.
Tal vez lo que realmente extrañamos no es la vida de antes, sino la sensación de estar presentes. De vivir sin tanta prisa, sin tantas distracciones, de mirar realmente a quienes nos rodean. Y eso, incluso en una ciudad que cambia tan rápido como Pachuca, sigue siendo posible. A veces basta con detenernos un momento, respirar profundo, dejar el celular a un lado y recordar que el tiempo sigue siendo nuestro… aunque hoy avance un poco más rápido que antes.
Por: Roberto Flores Piña
