Cada diciembre, México se llena de luces, celebraciones y tradiciones profundamente arraigadas. Entre ellas, la pirotecnia sigue siendo protagonista, especialmente en Navidad y Año Nuevo. Sin embargo, detrás de cada estallido hay una serie de consecuencias ambientales y de salud que solemos ignorar, y que se intensifican justo en estas fechas.
Durante las últimas temporadas decembrinas, estudios realizados en ciudades mexicanas demostraron aumentos bruscos de contaminación justo después de la quema masiva de cohetes. En Querétaro, por ejemplo, las partículas finas PM2.5 —las más dañinas para la salud— pasaron de niveles menores a 50 µg/m³ a concentraciones superiores a 340 µg/m³ durante la madrugada del 1 de enero. Esto representa niveles entre siete y diez veces mayores a los considerados seguros. Algo similar ocurre cada año en la Zona Metropolitana del Valle de México, donde el 25 de diciembre de 2024 se registró un promedio de 81.7 µg/m³ de PM2.5, suficiente para emitir una precontingencia ambiental. Lo preocupante es que estos picos no son casos aislados: son patrones que cada temporada se repiten.
La pirotecnia libera una mezcla de sustancias altamente contaminantes. Las partículas PM2.5 y PM10, el monóxido de carbono, el dióxido de nitrógeno, el dióxido de azufre y los metales pesados como bario, cobre, aluminio o estroncio se dispersan en el aire que todos respiramos. También deja residuos tóxicos en suelos, calles, cuerpos de agua y áreas verdes. Muchos de estos compuestos no desaparecen rápidamente, sino que permanecen durante días o semanas, afectando ecosistemas y fauna.
Los impactos en la salud humana son inmediatos: irritación en vías respiratorias, agravamiento de asma, presión en el pecho, dolores de cabeza, dificultad para respirar y riesgos cardiovasculares, especialmente entre niños, adultos mayores y personas con enfermedades respiratorias. A esto se suma el impacto emocional y físico en animales domésticos y silvestres, que sufren estrés, desorientación, huida y accidentes provocados por el ruido.
Aun así, los fuegos artificiales se defienden desde la nostalgia: son parte de la cultura mexicana, del ambiente festivo y de la idea de “celebrar en grande”. Pero si analizamos fríamente los datos, la tradición tiene un costo que ya no podemos seguir normalizando. En un país que enfrenta problemas de contaminación en múltiples regiones, sumar enormes cantidades de partículas tóxicas en una sola noche es una contradicción ambiental gigantesca.
La solución no pasa por cancelar las celebraciones, sino por transformarlas. Es posible mantener la alegría sin contaminar: espectáculos de luces LED, eventos comunitarios, música, arte visual y alternativas de pirotecnia fría o silenciosa ya se aplican en muchas ciudades del mundo. En México, poco a poco se han sumado comunidades, colonias y municipios que buscan festejar sin humo ni explosiones, entendiendo que el bienestar colectivo vale más que un par de segundos de brillo en el cielo.
Por: Roberto Flores Piña
