Por : Psic. Maurali Vianey Esparza Mejía
La tradición pirotécnica en México no es solo una explosión de color y sonido; es la huella viva de un proceso histórico que une conquista, identidad, economía popular y riesgos recurrentes. Las familias se integran al oficio desde la infancia, aprendiendo a respetar la pólvora como herramienta y como legado cultural.
La pirotecnia en nuestro país comienza con la llegada de la pólvora a la Nueva España, su transformación artesanal y su arraigo en comunidades que hicieron de los fuegos artificiales parte de su memoria colectiva.
Durante los primeros siglos coloniales, la pólvora se utilizó principalmente con fines militares y mineros. Con el paso del tiempo su función se expandió hacia lo festivo y ceremonial. Surgió la figura del “cohetero”, heredero técnico de los antiguos polvoristas y protagonista de un oficio transmitido de generación en generación.
En esta evolución destaca el estado de Hidalgo, donde la pirotecnia forma parte del amplio mosaico de artesanías locales. En municipios como Jaltocán, Santiago de Anaya y comunidades del Valle del Mezquital, la fabricación de cohetes, castillos y “toritos” mantiene viva una tradición ligada a festividades religiosas y celebraciones patronales.
La comunidad de La Blanca, en Santiago de Anaya, es reconocida como la “capital de la pirotecnia en Hidalgo”, con decenas de artesanos autorizados por la SEDENA para la producción formal de pirotecnia. Sus concursos, castillos y espectáculos forman parte de una identidad comunitaria construida a partir del fuego, la creatividad y la devoción.
No obstante, como en el resto del país, la actividad artesanal implica riesgos. Explosiones recientes en talleres y hogares especialmente en Jaltocán han dejado víctimas y profundizado la discusión sobre la necesidad de regulación estatal. El Congreso de Hidalgo ha impulsado iniciativas para registrar talleres, capacitar artesanos y supervisar los procesos de producción. Para muchos habitantes, la pirotecnia no puede desaparecer; pero sí puede transformarse hacia un modelo más seguro.
La pirotecnia en México y particularmente en Hidalgo es más que un oficio: es una expresión cultural que condensa fe, pertenencia y memoria. Pero también revela tensiones entre tradición y seguridad, entre identidad y regulación. Estos conflictos reflejan cómo una práctica profundamente integrada en la vida cotidiana puede normalizar el riesgo, haciendo urgente la educación preventiva y la conciencia colectiva.
La preservación de esta tradición implica un equilibrio delicado. El reto contemporáneo consiste en preservar la tradición, sin sacrificar la seguridad. Esto implica regulación, capacitación, controles más estrictos, pero también educación sobre riesgos, conciencia del valor de la vida, y una cultura de prevención que respete la identidad sin repetir tragedias.
Solo así en las noches mexicanas al escucharse cohetes, y en las plazas y calles su destello ilumine el cielo, la pirotecnia podrá llamarse como lo ha sido por siglos una metáfora de México: brillante, vibrante, celebrada, polémica, nuestra, pero menos peligrosa.
