En México una tragedia rara vez permanece en el terreno de lo humano por mucho tiempo. El dolor colectivo suele ser el punto de partida de una disputa política donde los hechos importan menos que el relato y donde la empatía auténtica es desplazada por el cálculo partidista. Lo que debería unir a la sociedad en solidaridad termina convertido en una herramienta de confrontación y división.
Accidentes desastres naturales hechos de violencia o fallas institucionales son rápidamente interpretados desde trincheras ideológicas. Antes de que existan investigaciones concluyentes ya hay culpables asignados ya hay discursos armados y ya hay banderas partidistas ondeando sobre el sufrimiento ajeno. El luto se vuelve propaganda y la tragedia se transforma en capital político.
Este fenómeno no es casual ni espontáneo. Los grupos políticos han aprendido a beneficiarse del impacto emocional que generan las tragedias. Aparecen mensajes cuidadosamente redactados comunicados cargados de palabras como solidaridad indignación o justicia pero vacíos de acciones reales. Es una falsa empatía diseñada para las cámaras y las redes sociales no para las víctimas. Se acompaña el dolor solo mientras sea útil al discurso después se abandona el tema y a quienes lo padecieron.
Parte del problema también recae en una sociedad profundamente polarizada donde muchos ciudadanos han normalizado la idea de defender partidos políticos como si fueran equipos de fútbol. Se aplaude todo lo que hace el propio bando se justifica lo injustificable y se minimiza el dolor cuando la tragedia no conviene a la narrativa que se defiende. En este esquema no hay espacio para la autocrítica ni para el análisis serio solo para el ataque y la defensa ciega.
Los partidos políticos no son identidades personales ni proyectos morales. No son símbolos que deban idealizarse ni causas que merezcan lealtad absoluta. Son estructuras de poder temporales con errores omisiones y responsabilidades. Cuando se les convierte en objetos de fe la ciudadanía pierde su capacidad crítica y la democracia se debilita.
La politización de las tragedias no solo distorsiona la verdad también fragmenta a la sociedad. El dolor deja de ser compartido y se vuelve selectivo. Las víctimas se dividen los ciudadanos se enfrentan y la conversación pública se llena de acusaciones insultos y desinformación. La pregunta fundamental que debería guiar cualquier tragedia que pasó y cómo evitamos que vuelva a ocurrir es desplazada por otra mucho más cínica a quién le conviene.
Exigir justicia investigaciones claras y rendición de cuentas no es politizar una tragedia. Eso es una obligación ciudadana. Lo que resulta dañino es utilizar el sufrimiento humano como arma para desacreditar ganar simpatías o posicionarse electoralmente sin pruebas ni responsabilidad. La diferencia está en la intención y en las acciones no en los discursos.
México necesita menos banderas sobre el dolor y más humanidad. Necesita ciudadanos críticos no fanáticos y políticos responsables no oportunistas. Mientras las tragedias sigan siendo usadas como escenario político el país no solo seguirá acumulando heridas también seguirá profundizando sus divisiones.
Por: Roberto Flores Piña
